Pedro Solana (Montañeros de Aragón. Barbastro). Mayo de 1990. Estábamos en el cantón del Valais. Tuvimos que dejar el coche en Täsch ya que para llegar a Zermatt, nuestro destino y ciudad sin coches, hay que coger un tren. Al fin íbamos a comenzar nuestra aventura.
En la estación del teleférico Klein Matterhorn, otra anécdota me hizo sentir una premonición sobre nuestro devenir aventurero.
Mientras mis compañeros sacaban los tickets de subida observé cómo un esquiador muy anciano y extremadamente delgado se acercaba a nuestras enormes mochilas. Tomó una elevándola con sus brazos para sopesar su carga. Tras dejarla de nuevo apoyada en la pared movió varias veces la cabeza en señal de negación insinuando: «¿A dónde vais con tanto peso?». Sin duda vais a sufrir.
No pude por menos que imaginar la cantidad de ascensiones y vicisitudes que atesoraba este anciano en su dilatada vida montañera. Pensé : «Si él lo dice… Pero, es que no sabemos si los refugios estarán abiertos o no. Es verdad, somos novatos aunque, eso sí, precavidos. Por eso llevamos de todo».
En pocos minutos estábamos subiendo en una inmensa cabina hasta los 3.883 metros. Admirábamos y tomábamos alguna foto del paisaje alpino, cada vez más blanco y agreste, presidido por la mole piramidal del Cervino.
Mi recuerdo de este vuelo de águila es que me sentí muy mareado al salir de la cabina.
Sólo al comenzar la progresión con los esquís empecé a notarme mejor, llaneando por aquel plateau y con nuestra primera cima, el Breithorn, enfrente.
Había mucha gente que subía y bajaba de este pico. Por nuestra parte, quisimos trazar una huella habitual, en zig-zag, evitando las filas, algunas subiendo derechas por la pendiente.
La verdad es que esta cima no tuvo, en mi opinión, ningún valor. De sus 4.159 metros apenas habíamos ascendido trescientos metros. Demasiado fácil para recordarla.
Lo mejor era bajar esquiando y abandonar la muchedumbre por una interminable media ladera que poco a poco llaneaba y nos conducía al refugio vivac «Cesare e Giorgio» (4075 m ).
Era una acogedora cabañita de madera con tan solo dos literas de tres alturas ambos lados de su pequeño pasillo central. Fuimos los primeros en ocuparla y en disfrutar tumbados sobre las mantas que vestían las literas. La primera noche
estaba solucionada y con esta confianza sacábamos de las mochilas infiernillos y comida y nos disponíamos a preparar la cena. ¡Qué bien se estaba en este pequeño refugio vivac! Antes de oscurecer ya nos habíamos metido en el saco de dormir y creo recordar que más tarde llegaron otros montañeros y se «llenó» el refugio.
Como suele ocurrir casi siempre, en esta primera noche el cambio de presión, la emoción, que no el cansancio, me impidieron conciliar el sueño.


