Pedro Solana (Montañeros de Aragón. Barbastro). A la mañana siguiente salimos más tarde que nuestros compañeros de «habitación» y continuamos la media ladera descendiendo hasta recorrer con los esquís un falso llano que nos situaría en la base del Pollux (4099 m.). No se veía una cima muy esbelta, aunque impresionaba por la fría sombra con que se nos mostraba.
Era temprano, la nieve estaba muy dura y la pendiente era respetable. ¡No cabían dudas! Dejamos clavados los esquís al pie de la ladera y ascendimos provistos de crampones y piolet. La marcha, asegurando bien cada paso, iba a ser lenta, casi tanto como lo sería el descenso, buscando con actitud prudente la seguridad ante algún inesperado traspiés.
Esta vez sí me sentí conforme con hollar un bonito cuatromil. Desde la cima, en medio de una espectacular panorámica, observábamos al casi gemelo Castor, (4221m), al que nos queríamos dirigir una vez nos hubimos situado en el collado que une Pollux y Castor, el paso di Verra.
El Castor era un poco más alto y había que ascender por otra ladera también muy inclinada pero con nieve ya un poco más blanda , lo que nos permitía enlazar hiladas en zig-zag que conforme la pendiente se fue haciendo más pronunciada aconsejó poner los esquís en la mochila (aún más peso) y continuar la ascensión que era tremendamente lenta.
Poco a poco se presentaron inesperadas brumas que mezclaban su fondo blanco con el manto nivoso. Esta circunstancia me hacía sentir un poco nervioso. La niebla siempre es un enemigo temible en la montaña.
Al pie de la cima encontramos un último obstáculo: un muro de nieve dura casi vertical sobre una repisa. En aquel momento quizá no nos situábamos en el exacto lugar en que nos encontrábamos. Era una rimaya tapada por la nieve del invierno y que en su parte superior, altiva y desafiante, nos obligaba a trepar con crampones y piolet para superar, eso sí, exultantes ante la proximidad de la cima, aquel muro de unos tres metros y pico.
La juventud y una actualizada técnica de progresión en hielo nos empujó a hacer este último esfuerzo.
La cima se presentaba ahora sin tanta panorámica ya que densas nubes tapaban a ratos tanto el sol como el quebrado horizonte de altas cumbres que nos envolvían por todos lados.
Descendíamos a pie la arista cimera buscando calzarnos los esquís para llegar al siguiente refugio. La lenta ascensión retrasó lo que sería un horario prudente y la tarde se había instalado de pleno. Al no conocer el terreno, descendíamos según se evidenciaban las laderas. Debíamos parar cada vez que la niebla impedía vislumbrar un itinerario lógico.




