[Resumen: Los tres montañeros protagonistas del relato se ven en la obligación de construir un vivac para pasar la noche en su descenso del pico Castor (los Alpes) debido a la espesa niebla]
Pedro Solana (Montañeros de Aragón. Barbastro). La noche fue muy larga. Consultábamos el reloj. No queríamos salir de nuestro nido hasta que luciera el sol, pero ocurría que la falta de espacio y su consecuente claustrofobia e inmovilidad hacían mella en nuestra espalda y ya notábamos contracturas dolorosas después de tantas horas tumbados sobre un suelo de nieve dura del que estábamos separados por la colchoneta aislante de neopreno.
Llegado un momento, los tres a la vez, ansiosos por ver la luz del día, empujamos de nuestro techo hacia arriba y salimos como pudimos.
Hacía un frío intensísimo, como el azul de aquel cielo a cuatro mil metros.
Entonces se produjo, no sé si fruto del destino, un redentor encuentro. Apareció un esquiador de montaña que había observado nuestras maniobras de salida del «sepulcro» y se acercó rápido. No podíamos entendernos en ningún idioma aunque su rostro admirado, compasivo y resuelto, se clavó en su mochila recién abierta en busca de un pequeño «gran» detalle de solidaridad. Sí, amigos, este enviado de nuestro destino abrió un hermoso termo y nos ofreció té con leche caliente a cada uno de nosotros tres.
Reaccionamos al instante, mostramos nuestro agradecimiento al compañero y recogimos el material calzándonos los esquís para continuar el descenso por suaves y fáciles laderas hasta que de sopetón, apenas hubimos esquiado diez minutos, apareció el refugio italiano Quintino Sella.
Este hallazgo y su sorpresa me hicieron sentir aún más impotencia. ¡Qué cerca estaba…! Ya no cabía ningún debate, sería esta una jornada de relax para recuperar . El refugio estaba cerrado, pero encontramos una cabaña como refugio libre, equipada incluso con hornillo de gas para calentar comida y fundir nieve. Además había despensa con comida que había sobrado a otros. Recuerdo que abrimos unas pequeñas latas de carne, creo que de buey, y las acompañamos del pan y otros víveres que la noche anterior no habíamos podido probar. Tendimos toda la ropa y los sacos al sol y nos dispusimos al descanso durante toda la jornada acurrucados bajo multitud de mantas.
Otro detalle curioso del refugio libre fue un cartelito pegado en la pared, justo encima de una especie de hucha, sugiriendo contribuir con la «voluntad» para mantener el combustible y el equipamiento del refugio. Está claro que contribuimos.
En la siguiente etapa llegamos a otro refugio italiano, el Gnefetti, no sin antes superar el famoso, por lo difícil, paso del Naso, del que ya estábamos prevenidos, y por el que, debido a la adelantada primavera que fundía la nieve, sorteamos oscuras y siniestras grietas con los crampones.
Parece mentira, pero una a una se fueron sorteando todas las dificultades de esta travesía y así lo celebrábamos, muy contentos durante la cena en este increíble refugio. Pudimos degustar spaghetti italianos y dormir a pierna suelta en una recoleta habitación donde el sueño pendiente, por fin, se volvía reparador.



