[En recuerdo de los montañeros desaparecidos este fin de semana en los Alpes].
Pedro Solana (Montañeros de Aragón. Barbastro). La penúltima jornada comenzó tranquila con un sosegado ascenso al Plateau de Monte Rosa, siguiendo huellas recientes de unos montañeros que aquí destacan por su cualidad de madrugadores. Al entrar a este llano glaciar impresionaba su amplitud y el hecho de estar circundado por muchas cimas que, aunque no muy esbeltas, todas superaban los cuatro mil metros. Incluso alguna albergaba el refugio más alto de los Alpes, la cabaña Margherita.
Este macizo rivaliza con el del Mont Blanc en acumulación de cumbres importantes y esta travesía que estábamos haciendo era una clásica del esquí de montaña como lo son la Chamonix-Zermatt o la Silvretta, esta última en los Alpes austríacos.
Atravesando el Plateau nos situamos en el collado de Lis. Enfrente, a nuestros pies, discurría el glaciar de Monte Rosa pero, girando a nuestra izquierda, se erguía el imponente Liskamm, nuestro último objetivo.
Muy emocionados, procedimos a atarnos en cordada para atacar un primer lomón que dejó
frente a nosotros, sorprendente, la afilada arista que ascendía hasta la cima. Colgada entre abismos, además de producirnos escalofríos debido a lo tardío de nuestro horario y a la nieve demasiado blanda, supuso un último pero breve debate que se zanjó con la renuncia a arriesgar otra vez en esta «accidentada» travesía, sobretodo por las aventuras o, no sé si, «desventuras» vividas.
Ya solo quedaba descender esquiando aquel interminable glaciar todo cubierto de buena nieve así como de clarificadoras huellas que por lo fácil del itinerario desviaban nuestras miradas hacia un paisaje repleto de seracs, algunos colgados en cascada, como las de la cara norte del Liskamm.
Nuestro reposado descenso, en cuña a veces, estaba interrumpido siempre que el paisaje obligaba a sacar alguna foto de los resquebrajados recovecos que se nos presentaban por todos lados.
Por fin llegamos al último de los refugios que íbamos a visitar: la Cabaña de
Monte Rosa (2700m). Estábamos otra vez en Suiza y así lo percibimos por el ogulloso ondear de la bandera en su mástil aunque, por lo menos a mí, inevitablemente, siempre me sugiere la idea de la Cruz Roja.
El refugio estaba comandado por dos chicas que se mostraron simpáticas con nosotros por el mero hecho de ser españoles. Reían mientras bailaban flamenco confesando que les encantaba Andalucía, su luz y su alegría . Sí , sí , pero… a toda la troupe que ocupábamos el
refugio nos aposentaron, casi con hacinamiento, en una única habitación a la hora de dormir, cosa que resultó imposible a quienes no soportamos la sinfonía de ronquidos de aquella noche. Sin duda, al día siguiente la tarea de limpieza de habitaciones iba e ser liviana para las inefables guardianas.
Recuerdo que, al final de la tarde, antes de la cena, me había llamado mucho la atención observar a un grupo de recién llegados entre los que se encontraba uno que se descalzó nada más sentarse en un banco de la terraza y que mostraba una pierna ortopédica ante los ojos atónitos de quienes pensábamos y pensamos que este es otro mundo en lo que a aventuras y aventureros se refiere.



