Artículo de opinión de Antonio Lachós Roldán
Por lo que sea, solo tengo tres lectores. En puridad, dos lectoras y un lector, no quisiera ocasionar ninguna denuncia por uso inadecuado del léxico al grupo Sileoh, que es al cabo quién paga. Lo de pagar es un decir. Cuando les pregunté si podían incrementar algo los honorarios de cada entrega me dijeron: solo el necio confunde valor y precio.
Quedé como un pesetero, pero pagar, lo que se dice pagar, no pagan. Pues bien, el susodicho lector siempre me dice lo mismo: te hemos puesto a parir con mi hermano. Como vosotras dos habéis intuido, su hermano opina de oídas, esa costumbre tan española. Vamos, que no me lee, que con lo que le dice el otro va tirando. Y eso que aún le guardamos la silla en el cine raro, por si nos reconciliamos.
El lector me amenazó con el dedo índice, que parecía Colón: con la que está cayendo y tú con las chorradas esas de los móviles en el cine, me gritó, entre iracundo y furibundo. Pues tienes razón, no estoy para perderos a los tres, que me quedo sin sección, sin contrato y sin hostias. No es que uno se crea John Hersey o Svetlana Aleksiévich, pero por una vez me tocó la fibra y dije: venga, a derribar un gobierno, como Sender. Y mira que desde entonces se ha intentado muchas veces, pero no hay forma. Igual es porque los tambores de guerra, todas las mañanas, terminan sonando a música de ascensor. Es mejor ponerse metas cercanas, asequibles, razonables, que era lo que nos decía todos los días un profesor de literatura: aprender de Alejandra Pizarnik, pringaos, que estáis todo todo el día con las rimas consonantes y esos repelentes endecasílabos ortopédicos.
Y declamaba aquello de “Una mirada desde la alcantarilla / puede ser una visión del mundo, / la rebelión consiste en mirar una rosa / hasta pulverizarse los ojos”. Pues eso. El problema no es tratar temas que los demás desmenuzan con destreza, sino aportar algo nuevo sin que se vea mucho la trinchera desde la que tiras.
Y eso, amigos, eso sí que es difícil, especialmente porque las trincheras se definen no por quién tienes al lado, sino por quién tienes enfrente y todo es conforme y según, véase Junts y su variable promiscuidad sexual remunerada. Además, dado que a ciertas edades todo el mundo tiene razón, tampoco hay que perder mucho tiempo. Lo primero debería ser poner un buen encabezamiento y no una mierda de título tipo Con la que está cayendo, que eso lo hace cualquiera.
Yo, inspector de alcantarillas empieza a ser algo, aunque sea de Giménez Caballero, un tipo que terminó alabando a Franco hasta el bochorno, precisamente ahora que está tan de moda entre salvapatrias con roña, valga la redundancia. María se me fuga de la novela, de Felipe Aláiz es otra joya de título, de esos libros que quieres leer por si hay giro de guión.
Y qué me decís de ¿Cómo perdiste el brazo, Balchowsky? de Toni Oresanz, la increíble historia de un pianista estadounidense que se alista en las Brigadas Internacionales y pierde, menos mal, el brazo derecho. O el mucho más procaz Cómo cagar en el monte, de Kathleen Meyer, oda a la evacuación montaraz y cuya ocasional lectura in situ puede ser providencial para la limpieza ulterior. Pura metaliteratura. Yo quería haber titulado de forma épica, trascendente, pero entre nosotros cuatro, para qué, si la fidelidad que nos une hace que veamos cualquier nueva incorporación como una intromisión, una burda alteración de ese statu quo que nos da cercanía, comprensión y hasta cierta intimidad.
Que ya estamos bien así, quiero decir, aunque algunos me pongáis a parir con frecuencia editorial y lo hayáis convertido en tradición. Dicho esto, a vosotras dos os debo sendos artículos. O lo que surja.



1 comentario
Un artículo inteligente, mordaz y todoterreno; como una cosechadora de esas IASA que salpicaban nuestro paisaje hace décadas. «¿Cómo perdiste el brazo, Balchowsky?» es un gran libro, lo suscribo. Y el endecasílabo, como Pizarnik, siempre ha estado sobrevalorado.