Conchy Cosculluela publica Entre sombras y sueños. Una historia real, su cuarto libro y, probablemente, el más personal hasta ahora. Una obra autoeditada, disponible en Amazon en papel y formato digital, en la que cuenta su experiencia con la diabetes tipo 1 y recoge algunas de las historias que han llegado hasta ella durante tantos años recibiendo a personas como tarotista.
«Este libro todavía tiene más de mí, porque aquí cuento la experiencia que he tenido con mi diabetes», explica la conocida como la bruja de Barbastro, aunque no es una definición con la que se identifique plenamente.
Conchy prefiere hablar de una intuición muy desarrollada, de algo que en su entorno siempre se ha llamado un don. El sobrenombre de bruja, cuenta, surgió cuando era joven y las personas que la rodeaban comenzaron a comprobar que algunas de las cosas que decía terminaban ocurriendo.
Pero antes de llegar a las cartas, las premoniciones o las historias relacionadas con el más allá, está la diabetes. Una enfermedad con la que convive desde la infancia y que ha condicionado su vida, su cuerpo y también este libro.
«Hace cincuenta años no había nada»
Conchy Cosculluela cuenta en el libro cómo era convivir con diabetes hace alrededor de medio siglo, cuando no existían sensores ni sistemas capaces de avisar de una bajada de azúcar.
«He cogido informes médicos de aquella época y los he ido enseñando para que vean que es verdad, que no es algo de hace cuatro días, sino que llevo cincuenta años siendo diabética», afirma.
Ahora lleva colocado un sensor que permite conocer el nivel de glucosa y que emite una alerta cuando desciende demasiado. En su infancia, recuerda, la situación era completamente diferente.
«Ahora pasas el aparato y te da el resultado de la glucosa que tienes en ese momento. Antes no había. Cuando yo era pequeña no había ni para pincharte el dedo. No había nada. Tenías que esperar meses para saber el resultado del azúcar en sangre», relata.
Tampoco la sociedad entendía entonces la enfermedad como ahora. Conchy recuerda que se vivía casi como un tabú y que algunas personas tenían miedo de acercarse a ella por temor a que pudiera ocurrirle algo.
«En aquella época no era como ahora. La gente tenía miedo de acercarse a ti. Pensaban que era peligroso, que te podía pasar algo. Hemos avanzado mucho», señala.
Uno de los propósitos del libro es precisamente tranquilizar a quienes reciben ahora un diagnóstico de diabetes. Conchy mantiene contacto con personas y asociaciones de España y México y considera que todavía se transmiten demasiados mensajes alarmistas.
«La gente de la calle les mete mucho miedo. Lo típico de que te vas a quedar ciego o te van a cortar un pie. Quiero que se quiten ese miedo», sostiene.
«El único miedo real de la diabetes son las bajadas de azúcar. Una bajada te puede mandar a la otra vida. Por eso hay que tener mucho cuidado y mucho control. Para eso existen los sensores, porque pitan cuando te baja el azúcar», explica.
El coma, las cartas y una vida que cambió a los 11 años
Conchy sitúa el diagnóstico cuando tenía 11 años. Sufrió una neumonía, fue ingresada en el Hospital San Jorge de Huesca y los médicos descubrieron que tenía diabetes. Durante aquella etapa entró en coma.
«Gracias a la neumonía y a que me ingresaron, descubrieron que tenía diabetes. Fue en San Jorge, en Huesca, porque aquí no había hospital ni había nada», recuerda.
Al salir del coma sintió que algo había cambiado.
«Cuando volví a la normalidad, mi vida cambió completamente. Ya era una niña diferente», asegura.
Tiempo después, una vecina le regaló unas cartas del tarot. Conchy empezó a utilizarlas casi como un juego, pero pronto comenzó a decir cosas que, según relata, después sucedían.
«Una vecina me regaló unas cartas y me dijo: “Anda, mira, a ver”. Fue entonces cuando empecé a intuir cosas. Tenía una intuición muy buena y podía ver cosas que poca gente veía. Intuía cosas y pasaban. Empezó a venir más gente y más gente», cuenta.
Ella cree que el coma pudo estar relacionado con el desarrollo de esa capacidad. Nunca se lo había planteado seriamente hasta que, durante otra entrevista, le preguntaron de dónde procedía su don.
«No me lo había preguntado nunca. Pero, pensándolo, tiene que venir del coma. Yo pienso que sí», afirma.
Durante su ingreso en el Hospital San Jorge asegura haber vivido una experiencia que entonces no pudo comprender. Cuenta que en su habitación veía a otra niña y que hablaba con ella con total normalidad.
«Había una niña conmigo. Estuvo un tiempo y, cuando se fue, pregunté a los enfermeros dónde estaba. Primero me dijeron que se había ido y luego me dijeron que allí no había habido ninguna niña, que una niña había muerto cuando yo entré», relata.
No fue, según Conchy, la única persona fallecida que creyó ver durante aquellos años. También recuerda el caso de una monja y otras experiencias que para ella, siendo una niña, parecían completamente normales.
«Yo no lo entendía. Te vas haciendo mayor y ves cosas. Mi padre y mi madre me decían: “No digas eso, que luego pasa”. Decían: “Es una bruja, no digas eso, que luego pasa”. Yo no me daba cuenta», explica.
El don, dice, no apareció de golpe, sino que fue creciendo con ella.
«La enfermedad la acepto como si la llevara desde el nacimiento. Vivo con ella, soy una persona normal, he luchado, me he casado, he tenido hijos y he escrito libros. Pero lo del don me ha venido despacito, despacito, hasta el día de hoy».
Una enfermedad que ha dejado secuelas, pero no ha detenido su vida
La diabetes ha ido dejando consecuencias con el paso de los años. Conchy padece retinopatía diabética y asegura haber recibido miles de impactos de láser para tratar las lesiones de sus ojos.
«Tengo las venas de los ojos rotas. Me han dado 17.000 disparos de láser. Además, tengo glaucoma y me han operado de cataratas. Lo tengo todo, pero me ves y dices que no pasa nada», comenta.
También sufre neuropatía diabética y tiene reconocida una incapacidad laboral por la Seguridad Social. La enfermedad ha afectado a diferentes partes de su cuerpo, aunque hasta ahora no ha alcanzado los riñones.
«Después de cincuenta años, la glucosa acaba dañando las venas, los pies, las manos y muchas cosas. Tengo la suerte de que, a día de hoy, no me ha tocado el riñón, que es lo que más miedo da», reconoce.
Su experiencia no pretende asustar a quienes acaban de ser diagnosticados, sino justamente lo contrario.
«Que no se asuste la gente. Cuidándose, hoy en día no tiene por qué pasar nada. Solo tienen que cuidarse», insiste.
Conchy lleva cerca de cincuenta años administrándose insulina, algunas jornadas hasta cuatro veces.
«No me cabe ni una aguja más. Y no me pincho una vez, me pincho hasta cuatro veces al día. He salido a la calle, he ido de un sitio a otro y he hecho mi vida», afirma.
Recuerda también las dificultades que encontró durante su primer embarazo, cuando fue atendida en Zaragoza, y cómo cuatro años después, con el segundo, la medicina había avanzado.
Con el paso del tiempo ha reducido su actividad fuera de casa, pero continúa recibiendo numerosas visitas.
«Ahora salgo menos. Cuando te haces mayor tienes menos ganas de salir, te quedas más atrás. Pero la gente que viene me da vida. Todos los días viene alguien a verme».
Treinta y nueve historias que llegan incluso de madrugada
Entre sombras y sueños contiene 39 historias. La autora mezcla su experiencia con la diabetes, las bajadas de azúcar y los momentos en los que debe detener una consulta con los testimonios de quienes acuden a ella.
«Voy contando qué pasa cuando viene una persona a echarse las cartas, cómo me encuentro yo o qué ocurre cuando me da una bajada y tengo que dejar a la gente sola», explica.
Las peticiones de ayuda no siempre llegan en un horario razonable.
«A veces me llaman a las cuatro de la mañana y me dicen: “Por favor, ayúdame, que me pasa esto”. Hay historias muy preocupantes».
Entre los relatos hay uno protagonizado por un sacerdote que Conchy define como «muy bonito», junto a otros relacionados con el miedo, la bondad, la maldad humana o personas que aseguran haber sentido la presencia de familiares fallecidos.
«Hay gente que me dice: “He visto a mi padre, que está muerto”, “he hablado con él” o “me ha tocado”. En el libro cuento historias de personas que me han relatado estas cosas», señala.
No todas son experiencias luminosas. Una de las que más le impactó fue la de un hombre que acudió a verla después de salir de prisión y le habló de un caso familiar de extrema gravedad. Conchy no cita nombres ni localidades.
«Para mí fue muy duro que una persona viniera y me contara algo así. Me gustaría que la gente viera cómo están las cosas. No hay que irse a ningún lado. Eso lo tenemos aquí», asegura.
A pesar de la dureza de algunos relatos, el libro también deja espacio para la alegría y para experiencias que le han conmovido de forma positiva.
«Hay historias muy bonitas y otras que dan un poquito de miedo. Si te pones en la piel de esas personas, puedes pasar miedo. Yo no soy miedosa. A mí me encantan estos temas».
«No soy vidente: tengo intuición o un don»
Conchy no se considera vidente. Para ella, esa palabra corresponde a quienes afirman haber presenciado apariciones marianas.
«Videntes son las personas que han tenido apariciones marianas, como los niños que han visto a la Virgen. Están los videntes de Medjugorje, Garabandal, Lourdes, Fátima o la Virgen de Guadalupe», explica.
Su definición es otra.
«Yo me defino como una persona que tiene una intuición muy desarrollada o un don. Aquí lo llamamos don».
El sobrenombre de bruja surgió de una manera mucho más cotidiana.
«En un pueblo, cuando eres pequeña y ven que te pasan cosas de estas, dicen: “Es una bruja”. En mi época eso existía mucho. Estábamos en una cuadrilla de conocidos y nos llamábamos brujos entre nosotros. Al final, la que se quedó con el nombre fui yo».
Sin embargo, marca una distancia clara entre ese apelativo y la brujería entendida como ritual, magia o deseo de causar daño.
«Yo rechazo la maldad, la brujería, los rituales y la magia. Les digo a las personas que no crean en eso, porque solo les va a traer mal», sostiene.
Conchy reconoce haber practicado la ouija, aunque advierte de sus peligros y ha decidido dejar esa historia fuera de este libro.
«Yo he hecho la ouija, pero con cuidado, porque es muy peligrosa. Esa historia no la he puesto porque no quería incluirla en este libro».
Su visión está profundamente ligada a la fe.
«A mí me pones a Dios aquí y al demonio allí, y yo creo en Dios. El demonio, la brujería y quien hace daño siempre piden algo. La gente hace pactos con el diablo, pero hay que pagarlos, y cuidado con cómo se pagan».
Asegura haber visto personas y familias destruidas por ese tipo de prácticas.
«Yo he visto personas perder este maravilloso mundo y marcharse a otro por hacer esas cosas. Y no solo ellos, sino que toda la familia acaba llevándolo encima».
Los animales, el amor y su idea de los milagros
Frente a la maldad, Conchy coloca los milagros. Pero su forma de explicarlos no parte de una petición repentina formulada únicamente cuando una persona se encuentra desesperada.
«Los milagros existen. Pero una persona no puede ponerse muy enferma y, de repente, ir a la iglesia a pedir uno porque le acaba de entrar la fe. Así no funciona», considera.
Para explicarlo utiliza el amor hacia los animales.
«Cuando un animal está enfermo, lo abrazas con mucho más amor. Das tanto amor que te sorprendes a ti mismo y piensas: “Si casi lo estoy queriendo más que a un familiar”. En ese momento en el que lo abrazas con tanto amor sale una magia que se llama milagro».
Según su visión, ese instante permite pensar en un dolor, una enfermedad o una necesidad desde una emoción sincera.
«Estás abrazando a tu gato, a tu perro, a tu pájaro o a tu burro y piensas en el dolor que tienes. Yo te hago una apuesta a que algo pasa».
Conchy también rechaza la obsesión por obtener dinero o premios.
«No me gusta que estemos siempre pensando en que nos toque la lotería. Yo nunca lo pido. Cuanto más pides una cosa, menos viene».
Aunque admite que, cuando llegan los grandes sorteos, también abraza a su gato y desea un pequeño golpe de suerte.
«Cojo al gato, que es al que más quiero, lo abrazo con todas mis fuerzas y deseo suerte. Una devolución o dos cifras. Eso es la magia del milagro. Otras personas lo llamarán energía o algo divino».
De México al próximo libro de profecías
Entre sombras y sueños. Una historia real es una autoedición publicada a través de Amazon. Puede adquirirse en papel y también en formato digital.
«El libro está ahora mismo en México porque tengo amigos allí y lo están difundiendo a través de la asociación de diabéticos de la que somos socios», explica.
La edición digital cuesta dos euros y Conchy asegura que también ha tratado de mantener bajo el precio en papel.
«En digital es muy baratico, vale dos euros. Y en papel también lo he puesto muy baratico».
Mientras presenta su cuarta obra, ya trabaja en la quinta. Será un libro dedicado a profecías y premoniciones y su intención es publicarlo en octubre.
Para hablar de él recuerda dos vídeos difundidos años atrás por Ronda Somontano en los que realizó predicciones
«A día de hoy se ha cumplido todo al cien por cien. Son vídeos de hace cuatro o cinco años. En uno incluso nombré el fuego y lo de Marruecos, y se ha cumplido tal cual», sostiene.
Esa experiencia la ha llevado a dar forma a su siguiente obra.
«He decidido hacer el quinto libro hablando de profecías y premoniciones. Va a estar muy bien».
Antes de despedirse, invita a leer y también a juzgar su nueva obra.
«Ahí os dejo mi libro. Lo tenéis en Amazon y en versión online muy baratito. Podéis cogerlo, leerlo y criticarlo. Yo acepto las críticas».





