
El pasado viernes 11 de noviembre, en el Centro de Congresos de Barbastro, pudimos asistir a una brillante representación de la obra Distancia 7 Minutos, a cargo de la compañía Titzina. El minimalismo de la puesta en escena se trasladó a la platea, donde unas escasas 25-30 personas acudimos a la llamada que produce el buen teatro. Probablemente, el horario (las 10 de la noche), tuvo parte que ver en la escasa asistencia. Irónicamente, el escaso ambiente, contribuyó a la ambientación de la obra, ya que por momentos, los espectadores parecíamos Marcianos, esos moradores de Marte, ese lugar frío y hostil al que se dirige la nave Curiosity al inicio de la obra.
Era mi primera experiencia con dicha compañía, y obviamente, la sensación que subyace en la obra, es la de afrontar los grandes dilemas vitales, esas paradojas cotidianas que vienen a regir este complicado caos que es la experiencia vital de cada uno de los seres vivos, con una aproximación personal, que arranca desde la ironía y ciertos toques de humor, hasta acabar la obra en terrenos mucho más cercanos a un páramo desolado…
Ese viaje desde un terreno más tangible, real, hasta llegar a esos terrenos incómodos y sombríos donde tenemos que afrontar nuestros fantasmas personales, se escenifica con el viaje de la Curiosity, la nave que parte hacia Marte, aquí paradigma de hostilidad y frialdad. Parte, como los espectadores partimos por mediación de la pareja de actores, hacia el lugar más crudo al que podemos llegar, ese territorio incomodo en que no existen excusas ni tapujos, donde nuestras miserias cotidianas se despojan de cualquier camuflaje, ese territorio es LA VERDAD.
La historia plantea la simultaneidad entre el despegue de la Curiosity, el inicio del ataque de termitas a las vigas de madera de la vivienda barcelonesa de Félix, estudiante de judicaturas a punto de partir hacia la prueba definitiva para convertirse en un joven y brillante juez, y la situación que se vive a escasas bocas de metro, donde los padres de Félix se hallan enfrascados en una de sus perennes discusiones…
Todo en el mismo instante…
Diego Lorca interpreta a Félix, el juez, y su periplo vital va a servir de hilo conductor a toda la obra.

Por obra y gracia de las termitas, Félix se verá obligado a abandonar su vivienda, y con ella su zona de confort, ese espacio en el que pasa los días sin enfrentarse a esas incómodas cuestiones que lo atormentan… Félix se verá obligado a convivir con su padre, ese personaje rígido, tradicional, refugiado en su vivienda, donde subyace el recuerdo de la tragedia anterior… Pako Merino interpreta al padre (y al resto de personajes de la obra), y lo hace con gran economía de medios, pero con una gran carga interpretativa, escenificada en sus cambios de voz y su lenguaje corporal.
Esa misma desnudez se traslada a la puesta en escena, donde unas mesas-pizarras y un sofá, servirán, junto con la adecuada ambientación musical y lumínica, para desarrollar toda la obra. Entre medio, el periplo onírico de la nave, nuestro propio viaje a nuestros miedos y verdades, verdadero motor de esta obra.
Félix, el joven juez, se enfrenta incansable al desarrollo de su ingrata tarea: por su juzgado pasarán todo tipo de personajes, magníficamente encadenados por Pako Merino. Desde borrachos, ladrones, yonkis que agreden a sus madres, padres divorciados, … toda esa amalgama que forma parte del día a día de cualquier juez de una gran ciudad. En medio de esa frenética actividad siempre Félix, ese personaje que se refugia en su trabajo, tal vez por no quererse enfrentar a su juicio más complicado, el de él mismo…
Cuando el socarrón técnico de plagas le comunica a Félix, que debe abandonar su vivienda para refugiarse en la de su padre por unos días, apenas podemos intuir que ese va a ser el detonante de la resolución de esa tensión y constreñimiento que rigen las vidas de Félix y su padre. Todo por un insecto diminuto… Ironía subyacente…
Félix llega con su gato a esa vivienda atrapada en el tiempo, donde todo parece estar igual que la última vez que visitó a sus padres. Allí se encuentra a ese personaje derrotado, su padre, rígido abogado de los de antaño, sentenciando con cada frase… El divorcio es patente desde el primer minuto, hay una gran distancia entre los dos, pese a que compartan el mismo techo: ambos se hallan en su microcosmos, su espacio personal en el que han quedado petrificados debido al gran drama personal que les afectó el mismo día que Félix se convirtió en juez: el suicidio de su madre.
Asistimos a un verdadero “tour de force” entre ambos personajes: por un lado, Félix, obsesionado por conocer todos los detalles que llevaron a ese fatal desenlace, exigiendo respuestas como haría un juez, intentando diseccionar las causas… En el otro extremo, su padre, un verdadero muerto en vida, rebatiendo cada uno de los argumentos indagatorios de Félix, intentando ahorrar a su hijo más sufrimientos, tal vez pensando que para Félix, todavía hay esperanza, que todavía puede intentar alcanzar esa paz interior a la que está absolutamente enfrentado. Sus propias rigideces los hacen incapaces de aproximarse, y en medio de ese climax, vemos como Félix intenta estrangular a su padre, al que hace culpable de la muerte de su madre, tanto por acción, como por inacción. “Sabía que acabaríamos volviéndonos locos”, dice Félix, poniendo en su voz, tal vez los pensamientos que pudieron pasar por la mente de su madre, la cual mediante una grabación exculpatoria, no hace sino añadir más desolación a estos dos personajes, incapaces de asimilar la sinrazón del suicidio. “No busquéis razones, porque no las encontrareis…”
Esa sinrazón, ese ansia de encontrar respuestas a todo lo que nos sucede, con la consiguiente angustia vital, es para mí, el leitmotiv de esta obra, una obra que pese a su desnudez, tiene una profundísima carga emocional, que en mano de estos dos grandes actores, hacen que el recuerdo de dicha obra, permanezca grabado en nuestro subconsciente. Teatro puro, con un gran texto, dispuesto a remover nuestras adormiladas y predefinidas existencias. Altamente recomendable.



