Se leen y ven por todos lados opiniones y fotos de nostálgicos que aluden a la literalidad de la frase-lema con que titulo este artículo. Para muchos, MEJOR es sin duda lo que ellos vivieron.
El otro día paseaba por una calle de Barbastro y escuché un gorjeo alegre que salía de un balcón. Alcé la vista y allí estaba: una cardelina saltando con brío de un lado al otro de su jaula. Ya estoy acostumbrado a oír ese canto por los campos cuando salgo en bicicleta y, de verdad, me trae recuerdos de la infancia.
A comienzos de los años setenta, algunos mozalbetes íbamos de madrugada a las eras que rodeaban Barbastro cargando a las espaldas sacos de arpillera en los que llevábamos jaulas con pajarillos. Había que madrugar muchísimo para seguir el rito, para plantar una rama de carrasca a modo de árbol postizo donde emplazábamos las verguetas impregnadas del pegamento o vesque y acto seguido colocábamos camufladas las jaulas con los reclamos. Todo esto lo hacíamos casi de noche porque en cuanto despuntaba el día había que estar escondidos a distancia, ateridos por el frío pero muy atentos al vuelo saltarín de aquellos pájaros tan ansiados.
Son recuerdos de excitación cuando los reclamos contestaban con su canto a los primeros en pasar. Veíamos cómo cambiaban su trayectoria, rodeaban el postizo y se posaban en él, en la trampa pegajosa que les haría caer indefensos al suelo.
¡Qué carreras hacia el arbolito…! Qué ilusión al comprobar que un macho, que siempre destacaba más que las hembras por su canto, estaba ahí, esperando que lo cogiéramos con cuidado para liberarlo del vesque e introducirlo en un jaulón en espera de otras presas. Los queríamos vivos y había muchas especies diferentes además de las cardelinas o jilgueros. Nunca conseguí cazar un pinzán, cuyo canto adoraba. Los adoraba tanto que una vez en casa pasaba horas detrás de las cortinas mirando las jaulas colgadas en la galería al tibio sol del invierno. Les ponía con mucho cuidado el agua, el alpiste y hojas de lechuga que picoteaban con avidez.
Quién diría que cuarenta años después me arrepintiera de una actividad que actualmente y por fortuna está prohibida en Aragón (No así en Cataluña o Valencia, lo que provoca furtivismo).
La Tierra da muchas vueltas y el Antropoceno avanza, dicen, hacia una extinción en la que estamos inmersos como víctimas y victimarios. No hay más alternativa que eliminar actividades que dañan a muchos seres vivos con quienes compartimos espacio vital.
Lejos de añorar tanto al pasado, quizá sea mejor reconducir el presente y aspirar a un futuro más justo con nosotros mismos y con el Planeta.

