El calentamiento global, convenientemente maquillado para ser denominado cambio climático, es, al parecer, una opción ideológica, no científica. Un alto número de intelectuales defienden con vehemencia dogmas con la profundidad de “todos los veranos hace calor” o el más redentor “toda la culpa es de los ecologistas” (ecolojetas, para los oyentes de esas emisoras cuya única función es, por lo que se ve, ofrecer cuidados paliativos durante los últimos siete años a sus hiperventilados oyentes). Y eso que en el medievo ya observaron que la ciencia aseguraba el progreso y la superstición solo servía para pasar la mañana, mantener el statu quo e ir quemando brujas de vez en cuando, pues sin pádel ni fiestas ibicencas la cosa se hacía larga.
Annie Ernaux explica el vértigo histórico y los cambios tecnológicos que posibilitaron mejorar la calidad de vida cuando habla de la última noche del siglo pasado: “Cae la noche sobre el siglo XX. Hace un siglo, mis abuelos vivían a la luz de las velas en una casa con suelo de tierra”. Una sociedad que consumía lo mínimo en un planeta aún sin contaminar se transformó en un siglo en una población capaz de modificar las condiciones climáticas a través de su comportamiento: es el antropoceno, amigo. Las consecuencias son las que se pueden comprobar, datos y no creencias mediante, en cualquier momento del año.
Las vivencias personales, su percepción y la construcción del relato son otra cosa, solo tiene que observar a los partidos políticos, especialmente a los que usted no vota. La ciencia, sin embargo, trabaja con datos y variables cuantificables, por lo que el escenario que se contempla es bastante más duro que el previsto inicialmente por la velocidad e intensidad de esos cambios.
Es verdad que es mucho más cómodo creer en conspiraciones y mantener esa otra falacia comúnmente aceptada, a saber: todas las opiniones son respetables. No creer en la ciencia es muy fácil, basta con infantilizar a la sociedad hasta extremos que provoquen vergüenza ajena. Que personas que insultan públicamente a la madre de un presidente crean que viven en una dictadura puede ser un baremo, de cultura democrática y de cultura general. Pero claro, los incendios se apagan en invierno, hay que dragar los ríos y antes esto no pasaba, afirman jubilados que se pasan el día amorrados al móvil, beben tequifresis en la intimidad y ya no tienen que ir a Perpiñán a ver cine.
Si por un lado estamos entrando en fase de emergencia climática, por otro desaparecen los árboles que reducen la temperatura de las ciudades, el hormigón triunfa en los espacios públicos y el calor se soluciona con aparatos de aire acondicionado. A la vez, prolifera una mirada absurda sobre el mundo que cuestiona la realidad sin aportar nada más que la creencia difusa en unas reglas de la naturaleza basadas en la memoria de las vivencias de sus defensores. Y toda la culpa de los ecologistas, pero poco se habla de Yoko Ono.





