Paco Lagardera.
Érase una vez una princesa hija de unos reyes de gran bondad. A medida que la princesa crecía se quejaba de que tenía mala suerte en todo lo que intentaba hacer, fuese un juego, un acertijo o un complicado problema matemático.
Tanto se quejaba que finalmente el médico de la familia real decidió recabar la ayuda y consulta de una anciana que fue una excelente profesora suya en la universidad.
La anciana era una mujer menuda, delgada, de mirada alegre y amplia sonrisa. En cuanto fue presentada a la princesa le tendió ambas manos acercando su rostro para darle y recibir un beso. Con extrañeza observó que la princesa rechazaba esta muestra de afecto acercando levemente una de sus mejillas pero sin intención ni ademán de besarla. La experta mujer en relaciones humanas reaccionó con naturalidad susurrándole:
-Cuénteme alteza, qué es lo que le pasa con sus ilusiones y proyectos.
-Que tengo muy mala suerte porque todo lo que intento hacer me sale mal. Cuanta más ilusión y ganas pongo en un proyecto peor me sale. Contestó la princesa.
Desde cuando ha observado que le ocurre esto? Preguntó la anciana.
-¿-Desde hace muchos años, creo recordarlo desde muy pequeña, pero a medida que me voy haciendo mayor la mala suerte parece aumentar.
-¿Sueles besar a tus padres, familiares y amigos como signo de afecto?
-Uf, no me gusta nada dar besos, me producen repulsión.
-Mi niña querida, los besos y las caricias son el mejor alimento para todos los mamíferos que pueblan la tierra, incluidos los seres humanos. Los besos nutren la afectividad lo que resulta básico para vivir felizmente y tener buena suerte.
-¡Pero odio los besuqueos, me dan asco! Terció la princesa elevando el tono de voz.
-Al besar se comunica cariño, lo que genera una espiral de energía positiva que se va expandiendo lentamente por el espacio creando lazos de amor por todos los lugares por donde pasa. A veces interactúan con otros y se generan torbellinos de energía amorosa que hacen mucho bien. Las personas receptivas y sensibles a estas muestras de afecto captan con facilidad esta energía positiva que circula libremente por el espacio y sin pretenderlo se aprovechan de sus beneficios y todo les sale bien.
-¿Quiere decir que todo me sale mal por no dar besos? Preguntó con mal tono la princesa.
-Lo desconozco, aunque si puedo afirmar que las muestras de cariño mediante besos ayuda a vivir mejor. ¡Los besos dados desde el corazón están repletos de afecto, bondad y cariño!
La princesa salió de la sala dando un portazo muy alterada, dirigiéndose velozmente a las cuadras para montar a su yegua preferida, espoleándola con decisión para salir a todo galope hacia los bosques cercanos, mientras tanto el médico y los reyes pedían disculpas a la anciana y se despidieron de ella muy amablemente.
La joven galopaba con tanto ahínco que no se percató de que se dirigía hacia un profundo foso que se encontraba escondido en la espesura del bosque. Cuando muy cerca ya de ese lugar se dio cuenta, intentó frenar a la yegua, pero tarde, precipitándose en ese peligroso agujero. Princesa y yegua quedaron malheridas e inmóviles.
Al poco rato pasaron por el lugar dos ciclistas, uno de los cuales divisó el lomo blanco de la yegua, lo que les alarmó y bajaron. Al percatarse que la joven estaba inconsciente, uno de ellos que era médico la atendió poniéndole en el cuello un pañuelo con unos palitos para inmovilizar la zona cervical, mientras el otro iba rápidamente en busca de ayuda.
Afortunadamente la princesa y su yegua se recuperaron del accidente, aunque la joven tuvo que portar un collarín durante dos meses.
En su convalecencia los reyes invitaron varias veces a los jóvenes ciclistas a visitar a la princesa, pues ésta era muy feliz en su compañía y les estaba muy agradecida por haberle salvado la vida. Al despedirse era la princesa la que siempre les daba un par de besos a cada uno, pues percibía gran satisfacción al hacerlo. El hecho no pasó inadvertido a los reyes y su médico. Por esto un día invitaron a la anciana profesora a visitar el palacio y comer con ellos.
Al verla la princesa se puso muy contenta, abrazando y besando a la anciana con mucho entusiasmo. La anciana muy alegre le preguntó:
-¿Alteza, qué ha pasado con su mala suerte?
-Ha desaparecido de mi vida y en la medida que esto sucede cada vez tengo más deseos de besar a las personas que quiero. Me siento muy feliz. ¡Gracias a la vida!

