Después de la celebración del Día Internacional de la felicidad el 20 de marzo, me pregunto cómo encontrar la dicha en una sociedad en la que cada día cuesta más escuchar una buena noticia, un buen augurio con el que nos podamos permitir soñar, unas palabras que transmitan más confianza en la humanidad, unas voces cuyo clamor de paz sean atendidas por esos líderes autócratas que desafían el orden internacional.
Muchas de las palabras que escucho diariamente me parecen huecas. Las personas que las pronuncian creen que pueden deslumbrarnos e incluso dejarnos atónitos, cuando, en realidad, con esa dialéctica muestran una gran torpeza. Discursos, en algunos casos, inapropiados, tal vez por ignorancia, por falta de prudencia, por dejarse llevar por tópicos o por otras tantas razones. En ocasiones, las simplezas son elevadas a la categoría del más alto género literario, para desgracia de quienes vemos en la literatura la vía para conseguir una formación humanística que puede hacernos mejores personas, aportándonos conciencia ética y desarrollando la capacidad de juicio crítico.
Tal vez sea injusto hablar generalizando, pero cada vez me cuesta más creer en la clase política. Seguro que hay gobernantes honrados, a los que se puede conceder una cierta o total credibilidad. Sin embargo, creo que cuesta encontrar a aquellos que destinan su tiempo a servir a los ciudadanos.
En estos momentos, me viene a la cabeza el nombre de una persona carismática, Tierno Galván, apodado el viejo profesor. Reconozco que no he seguido toda su trayectoria y lo que se me ocurre de lo que de él conozco es que era una figura incuestionable, aunque no tengo el suficiente criterio para poder decir que no tuvo carencias, ya que todos, en mayor o menor medida, las tenemos. He leído, en alguna ocasión, que la ciudadanía madrileña, al margen de su afiliación al Partido Socialista, vislumbraban en él esa vocación que le ayudó a establecer acuerdos con diferentes tipos de personas sobre la reconstrucción de una ciudad que se había quedado estancada y que necesitaba salir de ese letargo al que había sido sometida durante el franquismo. Otra cosa que me llamó la atención, de manera extraordinaria, fue que quiso organizarse la agenda política, estando enfermo de gravedad, para seguir cumpliendo con sus obligaciones ciudadanas.
Reproduzco una de las frases que dice mucho de él: “Los bolsillos de los gobernantes deben ser de cristal”. Hoy en día, que el valor de la palabra es un bien escaso, suena como una buena intención ante tantos casos de corrupción a los que estamos acostumbrados, sea cual sea el color político.
Quiero hacer alusión, finalmente y para completar el tema de la felicidad, a dos filósofos cuyos argumentos me parecen adecuados, aunque cada uno de ellos exprese ideas diferentes y, a la vez, fácilmente conectables con lo que he intentado expresar.
Decía Sócrates que la manera de alcanzar el estado de felicidad deseado era mediante la realización de buenas acciones que darían lugar al bien común. Lejos queda, en nuestros tiempos, esa visión del filósofo que, con sus enseñanzas, buscaba conducir a los atenienses a una vida virtuosa.
Otra declaración, esta vez de Schopenhauer, catalogado como el padre del pesimismo moderno, resulta muy actual para enfrentarse a alguno de los peores males contemporáneos: “Es difícil encontrar la felicidad dentro de uno mismo, pero es imposible encontrarla en ningún otro lugar”.


