Pedro Solana Murillo.
Esta nueva historia se gestó en el verano de 1989, como a mí me gusta, desde lo más profundo de nuestros valles pirenaicos. Éramos cuatro amigos, muy buenos, que habíamos plantado la tienda de campaña en un paraje excepcionalmente bello a la vez que prohibido. Se trataba del circo de Soaso, junto a la cascada Cola de Caballo en el valle de Ordesa. Ustedes se preguntarán :- ¿Cómo se atreven estos jovenzuelos a pernoctar en medio de un Parque Nacional? Sencillamente les puedo responder: -Una tormenta muy violenta se acababa de desencadenar. El objetivo, evidentemente, era llegar al refugio de Góriz, pero esta circunstancia del mal tiempo , añadida a la semi-oscuridad de la tarde propiciada por los negros nubarrones y… -¿por qué no…?, el desenfado añadido con que se ve la vida rondando la treintena ayudó para que en cinco minutos, estuviéramos todos recogidos y a salvo de la lluvia a la vez que sobrecogidos por el retumbar de los truenos entre las murallas de Ordesa.
El plan era desmontar el campamento con las primeras luces al día siguiente y continuar hasta el Monte Perdido como así fue. Además coronamos una segunda cima , el Cilindro de Marboré , dada la voracidad que nos acuciaba cada vez, siendo éstas muchas, que diseñábamos aventuras en todos los rincones imaginables de la cordillera nada más abrir, bien fuera un libro- guía, bien fuera un mapa pirenaico de referencia.
Uno de los cuatro amigos, Carlos Vives, en medio de la conversación despreocupada hacia el aguacero que caía sobre la tienda después de los truenos, llegó a encandilarnos con el relato de sus múltiples aventuras vividas lejos de este ámbito natural de los Pirineos.
Carlos hacía unos años que visitaba los Alpes, atreviéndose incluso a realizar escaladas de cierta dificultad.
A José Ramón Agraz «Firki», que era el más novato, a Pili Noguero y a mí, aquellos escenarios se nos antojaban lejanos aunque al menos, desde hacía tres años, en 1986 (fecha de la adhesión a la UE), ya no hacía falta pasaporte para visitarlo pues éramos, de hecho, ciudadanos europeos.
Carlos no paró en toda la noche de de explicar los recovecos de un desafío que atrae a cualquier montañero: – Ascender el Mont Blanc. Sus 4810 metros representan la cúspide de una pirámide imaginaria en el corazón de los montañeros; es un templo donde se venera el genuino espíritu de aventura que impregna el mundo de la montaña. Es el techo de esta vieja Europa en la que surgió el primigenio amor por conquistar cimas. Por todo esto que os cuento el Mont Blanc viene a ser el destino soñado de montañeros de todo el mundo.
Carlos provocó a todos y cada uno cierta curiosidad e inquietud. Quiso quitar misticismo al desafío. Él lo había hecho y por eso nos animaba a encararlo. Nosotros recogimos el guante retador con la determinación de realizar la hazaña ese mismo verano. La fecha ideal serían los cuatro o cinco días del puente de la Virgen de Agosto. Iba a ser, como casi todos los retos que en este foro he narrado, una apuesta arriesgada, un cara o cruz frente a las condiciones meteorológicas ya que no existían redes sociales que consultar ni muchos días de los que disponer en caso de que hubiera mal tiempo.

