El pasado 24 de febrero, el mundo vio como comenzaba la invasión por parte de Rusia a Ucrania. A penas una semana después, empezaron los bombardeos, y con ellos, la guerra. La noticia conmocionó al mundo, no solo por lo escalofriantes que eran las imágenes que inundaban los medios de comunicación, sino por el hecho de continuar teniendo que vivir estas desgracias en pleno siglo XXI.

Siria, Irak, Afganistán, Nigeria… la lista de países que se encuentran sumergidos en conflictos bélicos es extensa. Ucrania es un caso más dentro del amplio repertorio de frentes abiertos en el panorama mundial. Lamentablemente, la llegada del nuevo milenio no han cambiado las cosas, en cuanto a guerras se refiere, respecto a tiempos pasados.
Pese a todo, un atisbo de luz emerge entre tanta tormenta. Tradicionalmente, cuando vienen mal dadas, la humanidad entra en escena. El ser humano es empático y tiende ayudar al prójimo, sobre todo en ocasiones de injusticia. Por esta razón, todas esas imágenes dramáticas que llenan los medios y las redes sociales, son contrarrestadas por otras en las que miles de héroes sin capa sacan lo mejor de sí mismos para ayudar a los demás.
De esta manera, si queremos considerarnos una sociedad moderna, debemos establecer la empatía, el respeto y la solidaridad como pilares fundamentales en la actualidad, pero no sólo en el caso de Ucrania, si no en tantos otros conflictos recientes que han quedado eclipsados por la guerra en el Primer Mundo, en nuestro continente. ¿Dónde ha quedado los gritos de aberración por la supresión de los derechos humanos por la llegada de los talibanes en Afganistán? ¿Y la tragedia de miles de sirios hacinados en campos de refugiados griegos? Sin olvidar las vidas que se cobra el Mediterráneo. Y ahora, más recientemente, el pueblo saharui, colonia española hasta 1975, abocado a una incierta relación con Marruecos. ¿Hay refugiados de primera y de segunda categoría? Y dentro de nuestro país, ¿nos acordamos de los afectados por el volcán de La Palma?
El mundo avanza vertiginosamente, y un conflicto desplaza a otro en los medios, pero no por ello deja de desaparecer. Nuestra memoria debería ser más vasta, nuestros corazones más grandes y nuestra mirada tan amplia como para abarcar todo el globo. Sólo así lograremos ser un todo, alejándonos de enfrentamientos, de barreras, de banderas, de países, de razas o de ideologías.

