Una sociedad que, como relatan los entrevistados en el tema de portada, hace sufrir tanto a niños y sus familias por el mero hecho de ser ‘diferentes’ no se puede calificar así. Por más que la ciencia avance, si no somos capaces de ver lo distinto como un bello reto, nos queda mucho que aprender.
Que una persona tenga que sufrir solo porque su modo de aprendizaje es distinto al de la mayoría, no dice mucho de una sociedad y un sistema que a una parte de las actuales generaciones, o las aburre o las desespera porque no lo entienden. Sea como sea, muchos se desconectan y ello genera absentismo y fracaso escolar. Probada como está la existencia de múltiples inteligencias, la educación sigue siendo similar a la de los años 80 y ocupamos el puesto 25 del informe PISA de la OCDE, por debajo del cómputo de la UE. Se sabe que otros modos de enseñanza son mejores ¿por qué no se aplican?
Da la sensación de estar en una rueda de hámster donde quienes no dan vueltas son señalados. Y cuando tienen su etiqueta, su diagnóstico (necesario para “quitarles todas las etiquetas que la sociedad ya les ha puesto” como explica Belén Cobos, cofundadora de la asociación Generación Valiente), el sistema público que pagamos con esa rueda interminable de ratón no cubre las diferencias, por lo que tenemos que ir a la esfera privada. Y ahí entra otro asunto: ¿cuántas familias pueden pagar lo que realmente necesitarían sus hijos para adecuarse a la normalidad?
Pero ¿es necesario que sus hijos se adecúen a la ‘normalidad’ o igual la sociedad debería respetarlos, aceptarlos como son y simplemente facilitarles las cosas? cuando “se sabe que la forma de aprender que tienen los niños con dislexia o con cualquier problema de aprendizaje es beneficiosa para todos”, como explica Belén. ¿Por qué no hacemos algo en lugar de señalar al diferente?


