Pedro Solana (Accésit en los XIII premios Félix de Azara por la serie “La otra dimensión del esquí”, publicada en Ronda Somontano). Una cosa me atormentaba desde los primeros minutos: el esquiador que estábamos liberando de la avalancha de nieve ¡permanecía inmóvil…! En solo unos minutos llegó el momento clave, pues ya solo con las manos, en lo más hondo, accedimos a la cabeza.
Apareció un rostro sin gafas y los ojos cerrados acentuando una lívida expresión. Toda la cara estaba en contacto con la nieve, pero al liberar los
labios, estos se movieron de golpe, como escupiendo nieve a la vez que balbuceaban: «¡ Estoy bien… !»
¡Eso era lo que deseábamos oír…! Su voz entrecortada se calló por unos instantes dejando el frío rostro esbozar una sonrisa que incomprensiblemente irradiaba serenidad. Toda la que nos faltaba a nosotros, que gritábamos de júbilo mientras el resto de los compañeros se arremolinaba en torno al agujero que ya casi profundizaba en la nieve los dos metros.
Una vez desenganchados los esquís de las botas colocamos a Jordi en posición erguida y le sacamos los guantes para hacerle friegas con nuestras manos calientes.
Él tenía las manos heladas y sus ojos ahora nos miraban con un intenso brillo que hasta deshacía el hielo de sus cejas. Ante esa extraña entereza, le abordé para preguntar cómo se había sentido, si había podido respirar bien… Él, con su voz trémula, nos explicó que había mantenido la calma, manteniendo también la respiración a un ritmo pausado para no agobiarse, pues estaba totalmente convencido de que lo íbamos a sacar. Sabía que su segundo corazón, el electrónico, no dejaba de palpitar desde su costado y sus señales nos acercarían a él. Esa era la clave por la que la serenidad le permitía afrontar el trance con una fe inquebrantable.
Por fin llegó el momento en que todos, de forma instintiva, nos acercamos a Jordi y de pie, en torno a él, extendimos nuestros brazos en un abrazo enorme, a la vez que empezábamos a saltar y estrecharnos con fuerza… ¡Cuánto júbilo… ! ¡Era el ABRAZO DE LOS ALUDIDOS! La emoción nos sofocaba. ¡ Hacía realmente calor…!
En tan solo quince minutos habíamos conseguido lo que más tarde se me apareció en mi mente como el recuerdo del nacimiento de mis dos hijas, lo asimilaba como si de un parto se tratara, la montaña nos había devuelto sano, ileso, a nuestro amigo.


