
El verbo encantar proviene de la palabra latina ‘incantare’, que significa lograr un hechizo por medio del canto (es decir por medio de la palabra). Las y los magos/as y brujos/as pronunciaban los secretos encantamientos para hechizar a las personas. En Barbastro, sin ir más lejos, fuimos testigos de un encantamiento en la noche del viernes a cargo de un brujo, de cuyo nombre sí quiero acordarme: Rafael Álvarez.
Este simpar brujo dejó al auditorio –que no llegó a llenarse para desdicha de quienes no asistieron a su función- atónito, muerto de risa, más culto y sensible, pero sobre todo consciente del poder mágico de la palabra. Un poder que ya conocía don Miguel de Cervantes –de cuya muerte celebramos este año su 400 aniversario- y que El Brujo se encargó de remarcar con su maestría, con su talento, comicidad, inteligencia y sobre todo con su dilatada experiencia que lo han convertido en un grande de la escena del teatro nacional. Un imprescindible.
“La palabra es el Grial”, el Quijote fue “el loco de las palabras” o “el nombre es el ser”, parafraseando a otro grande, Umberto Eco. Con una invitación a contar historias, a reinterpretar El Quijote, a hacerlo de uno mismo, a vibrar con la emoción de contar y escuchar al otro (da igual que sean actores, intelectuales, tu padre, amigos, un taxista inculto o un borracho cantinero). Hay que recuperar la palabra, la tradición oral, esa conexión perdida por la sociedad onírica en la que vivimos contaminados por la telebasura, la fugacidad de las redes sociales, la manipulación de ciertos medios de comunicación y políticos.
El Brujo no dejó títere con cabeza. Desde el Rey emérito Juan Carlos, al ex presidente Zapatero, el actual Rajoy, su ministro de Hacienda Montoro y su 21% del IVA cultural, el líder de Podemos Pablo Iglesias, la alcaldesa Carmena, el Papa Francisco, los actores, el público, el FMI, Tele 5, Messi, los académicos de la RAE, etc.

La “ilustrada burguesía de Barbastro” presenció un espectáculo satírico y revolucionario, pero sobre todo necesario para volver a los clásicos y aprender a reírse con ellos. A transgredir la sociedad actual, como Cervantes hizo en el siglo XVII con una obra “vanguardista”. “Desvirgar a los clásicos”, proclamó El Brujo.
La función fue minimalista como el propio actor definió. Una mesa con un ejemplar del Quijote y una vestimenta de andar por casa. Un juego de luces y sonidos sobrio también acorde a la puesta en escena.
Con un monólogo improvisado en muchas partes de la obra, El Brujo repasó capítulos de El Quijote como cuando fue nombrado caballero en una venta, o cuando liberó a unos reos “por la misericordia” y acabo apaleado por ellos, o de su encuentro con la princesa Miconicona para concluir con la muerte del hidalgo de la triste figura: ‘Murió cuerdo vivió loco’.
Aplausos y muchas risas como las de la pequeña Paula, la espectadora más joven que con 7 años acudió a la función de forma circunstancial y sin esperárselo se lo pasó en grande.
Un servidor, que ya vio a El Brujo en su última visita a Barbastro en el malogrado Teatro Argensola en un nuevo monólogo ‘El contrabajo’ de Patrick Süskind (autor también de ‘El perfume’), cayó al igual que entonces hechizado y muy feliz.




