Librepensador.
Ser de nos viene de antiguo, o por lo menos eso cuentan las crónicas cuando afirman que la tifoseria ya la inventaron los romanos en las carreras de cuadrigas, o de bigas. Pero sin duda es a día de hoy cuando ser de cobra pleno sentido. Uno es del Barça o del Madrid, o del Atlético, que parece que ahora viene pegando fuerte, casi como cuando era el Aviación y jugaba en el Metropolitano. Uno es de Orange o Vodafone, aunque estas fidelidades no son tan sólidas ni duraderas como la de los colores de tu equipo.
Y uno es de Ibercaja o del Santander, hasta que te niegan un crédito para cambiar de coche y llamas a la puerta del Sabadell o Caixabank. Y uno es de ciencias o de letras, o de derechas o de izquierdas, incluso alguno cree en ese híbrido raro, el “centro”, que se inventó Suárez con su UCD y que expiró con el fallido CDS. Sea como sea estas amistades -¿peligrosas?- políticas también están sometidas a los intereses económicos del transfuguismo. Y sin embargo, hay una notable vocación de “centro”, por eso el partido de derechas se proclama de “centro-derecha” y el antiguo partido de los “Obreros Españoles” se etiqueta como centro-izquierda. ¡Ay si don Pablo (Iglesias), claro, levantara la cabeza!
Y uno, aunque no sea de, es católico o judío o musulmán, y aquí, salvo dos o tres perdidos como el mítico Muhammad Ali –para mí el más grande de todos los tiempos-, en sus días de gloria Cassius Clay, suelen permanecer en su doctrina hasta que la muerte los deposita en el cielo de Cristo o en el de Al-lãh o en el de Yahveh. Y uno es de El País o de Abc o del Marca, porque siempre habrá un diario en que leer aquello que queremos leer. Y uno es de playa o de montaña, de campo o de ciudad, de Mercadona o de Eroski, de los de arriba o de los abajo, de… o de…
¿Y qué somos los que ya somos de nada?, aquellos que hemos dejado de creer en la izquierda y nunca podremos creer en la derecha; aquellos que éramos o somos del Barça, pero nos da igual que el Madrid nos meta diez (a cero) en el Camp Nou; aquellos que un día nos desapuntamos de una Iglesia a la que llegamos sin firmar nada y de la que debemos firmar para salir. No sé qué somos –ni hacia dónde vamos, que diría Darío, Rubén- verdaderamente. Seguramente tipos raros, pero con una ventaja, nuestra opinión no está sujeta ni a reglas ni a consignas. Podemos decir todo aquello que nos venga en gana sin que nadie nos dé un tirón de orejas o nos multe con 500 euros por no seguir a la “manada”. Podemos, pues, ejercer de librepensadores, bella palabra compuesta que tanto predicamento tuvo hace tres centurias y que hoy, con estos tiempos que corren, más deprisa de lo que nunca han corrido, parece disolverse en esa necesidad impuesta y autoimpuesta de ser de.

