Librepensador.
Que no me acostumbro, oiga Usted, a escribir la palabra “papa” con minúscula, como si fuera mi padre, a quien, por cierto, nunca llamé –ni llamo, afortunadamente- papá. Pero estos papas no son papás, en principio.
Va de papas, escribía, y escribo. Aunque mejor debería decir “va de papas santos”, porque si el papa es el representante de Dios –ahora sí con mayúscula- en La Tierra –ahora también- ¡qué menos que elevarlos a los altares por los servicios prestados! Habemus sanctos! Dos papas santificados y Habemus papas!, uno emérito –que supo renunciar con elegancia para no ir mostrando al mundo su decrepitud física- y otro en activo que tiene encandilada a la parroquia con su mucho decir en favor de los pobres, y su poco hacer. Además cada día dice menos. Como a todos los argentinos se le va la fuerza por la boca.
Pero aún no he hablado de los nuevos santos por decretazo y vía exprés. Parece ser, eso dice la prensa, que incluso sin cumplir los requisitos que conducen a la santidad. Pero doctores tiene la Iglesia, en mayúscula y en teología, por supuesto.
Lo que yo quería decir es que, como siempre, hay santos para todos los gustos. La derecha tiene un santo más, otro más, infinitos más; y la izquierda moderada también tiene por fin el suyo.
A mí el polaco nunca me gustó –como a la mitad de los romanos no les gusta la estatua que hay frente a Termini-, pero había que premiar la fidelidad de un país católico –con sindicalista/presidente católico- en un régimen comunista. Extravagancias de la vida. Por cierto, una recomendación cinéfila: Ida, la pequeña historia de una monja judía en la Polonia comunista. ¿Alguien da más? Hagan juego, señores. Rojo, par y pasa. Pero es un buen film, de verdad. Y en blanco y negro, como por entonces eran las cosas.
El que sí me gusta es Juan XXIII. De hecho, cuando entré en El Vaticano, solo ante su imagen me detuve diez segundos. El “Papa bueno”, con mayúscula, porque así se escribía la palabra cuando él era Papa. Supongo que sí lo fue, bueno. Era un hombre como Machado, Antonio, que transmiten verdad cuando miras su rostro en las fotografías. Y valiente, valiente cuando se atrevió a convocar Vaticano II y poner patas arriba la Iglesia. Eso sí fue valor, y hechos, sobre todo hechos. El Concilio trajo una nueva Iglesia y unos curas comprometidos con el pueblo –comunistas los llamaban- y obispos como Hélder Câmara y teorías como la Teología de la Liberación. A esa Iglesia yo me apunto. Pero esa Iglesia, sin Concilio ninguno, a decretazo, como se hacen las cosas en la Iglesia, se la pulió el polaco. Porque entre uno y otro, sin contar al efímero –que se sentó en la silla de Pedro cuando yo estaba entre los brazos de una poderosa bretona en Lloret- estuvo Pablo VI. Pero a ese no lo van a santificar, que viajó donde los judíos y se abrazó con el gran patriarca ortodoxo y condenó la afición del generalito a mandar al paredón (como al bueno de Tarancón lo querían mandar sus secuaces en la Transición) a sus enemigos. Y lo condenó, a pesar de que como decían las monedas era “Caudillo por la gracia de Dios”. ¡Cuánto se debe aburrir Dios!

