El cierre de casa Artero es inminente. La mayor parte de los ingresos diarios provienen ya de la venta de mobiliario – ese mismo que hace tan solo un mes sostenía la plétora de sábanas, toallas, menaje, ropa y juguetes que ha caracterizado siempre esta tienda.
Y este cambio radical de decorado no pasa desapercibido entre los clientes. La mayoría, al cruzar la puerta, exclama: “¡Oy, qué vacío está esto!”, y acto seguido se dirige hacia alguno de los jefes o de las dependientas más veteranas para expresar su afecto: “Qué lástima que cerréis”.
La respuesta es infalible: “Pues que nos jubilamos, chiqueta. Nos hemos hecho mayores”, y es entonces cuando llega una última apelación: “¿Y no se lo quiere quedar nadie?”, pregunta el cliente, aludiendo por el rabillo del ojo a ese chico de veintitantos que está detrás del mostrador y que guarda algo de parecido físico con los dueños – a mí.
Forzosamente estas conversaciones acaban dándole a uno que pensar.
Quizás lo primero en llegar es un sentimiento de culpabilidad: he aquí un modo de vida, en principio viable y factible, que me cae en el regazo: el negocio familiar. Tomándolo podría “vivir bien”, y hay tanta gente que vive mal… pero yo lo rechazo para, en su lugar, tratar de encontrar algo que más se ajuste a lo que me apetece hacer.
Con este pensamiento, un poco de vergüenza: por entrar a formar parte, ahora formalmente, de una generación de jóvenes aparentemente aburguesados y caprichosos a los que tantas veces se desdeña.
Aun así, siguiendo este hilo de pensamiento, uno se entera rápidamente de que un negocio -mucho menos uno de cierta magnitud- no puede continuarse tan solo a través de la culpabilidad: un negocio necesita, primordialmente, de vocación y gusanillo.
Y, si en algún momento esta convicción ha comenzado a flaquear en mí, allí han estado mis familiares para recordarme las vicisitudes de una empresa, los problemas logísticos que se le escapan al cliente y, sobre todo, la importancia de poder elegir tu futuro: ese poder del que ellos nunca pudieron disfrutar con plena libertad.
Conclusión: la vida sigue. Casa Artero cerrará y otros negocios abrirán.
Lo que sí perdurará, por lo menos en mí, es una lección valiosa de la tienda: la del alto valor del comercio como motor para la vida de un lugar.
En una tienda no solo se trata y toca el género, si no que también se tratan y tocan las gentes: conversaciones, tertulias, coincidencias, lecciones; algo que deja claro que el comercio y la economía son factores igual de importantes para el desarrollo cultural de un lugar que eventos formales como el teatro o las exposiciones.


