María Puértolas, subdirectora del Museo Diocesano de Barbastro – Monzón
El Museo Diocesano Barbastro Monzón es una ventana abierta a nuestro patrimonio y nuestra cultura legada, recorrer sus salas nos permite realizar un viaje en el tiempo y descubrir cómo expresaron su Fe y sus pensamientos aquellos antepasados nuestros que habitaron este territorio hace 1000 años. Mil años conservados cuidadosamente entre estos muros, legados, transmitidos y que este Museo se afana por preservar, dar a conocer y conservar para que todos aquellos que vengan las reciban en las mejores condiciones, disfruten de estas manifestaciones artísticas y reconozcan de dónde vienen.

El Museo es románico, el primer gran arte europeo, este estilo ocupa las primeras salas de este magnífico contenedor contemporáneo: pintura mural, pintura sobre tabla, orfebrería, crismones, tejidos, lipsanotecas, tallas… son algunas de las piezas más destacadas. Y si resaltamos alguna de ellas, merece la pena detenerse en el Pantocrátor de Vió, por cuestiones de logística ubicado en la capilla del Ángel Custodio de la Catedral de Barbastro, y procedente de la iglesia de san Vicente, es un soberbio ejemplo de pintura mural románica. Fechado en el siglo XIII, sus figuras tienen una fuerte influencia bizantina en su representación. La figura de Cristo en Majestad, de serena expresión, preside la representación. Sentado en un rico trono apoya los pies sobre un escabel. Le rodea el Tetramorfos, ocupando los ángulos de la mandorla que lo enmarca. En conjunto resulta una obra de gran calidad. El Museo también alberga otro Pantocrátor, procedente en este caso de la iglesia de san Pedro de Villamana, mucho más tardío y ciertamente más popular en su factura, pero también muy interesante. Además, al mismo templo pertenece el tímpano de la iglesia con un crismón tallado en su frente, fechado en el siglo XII y que fue recuperado gracias a la Asociación de Amigos del Museo y al Gobierno de Aragón, lo que permitió rescatar una pieza de nuestro patrimonio, que hoy se exhibe junto a las pinturas de la misma iglesia.
Otra pieza destacada de la colección románica es la píxide con esmaltes de Limoges que puede visitarse en la sala de orfebrería. Este pequeño cofre de metal precioso, fechado en el siglo XIII, servía para transportar las Sagradas Formas y facilitar, fundamentalmente, la comunión a los enfermos. De cobre dorado, está decorado con esmalte “champlevé”, técnica que consiste en excavar la lámina de metal y rellenar los surcos con pasta vítrea opaca.

No menos destacada es la pieza textil románica expuesta en la primera planta: la mitra del abad de san Victorián. Este tejido del siglo XII es la insignia especifica de los obispos para su uso durante los actos litúrgicos, también utilizados por algunos abades y abadesas durante la Edad Media. Es una pieza excepcional por su antigüedad y por reflejar la diversidad en aquel momento del territorio donde conviven cristianos, mozárabes, mudéjares, moriscos…, un mundo lleno de intercambios de elementos culturales que queda bien reflejado en la factura de esta pieza. Está realizado en lino natural con decoración de cruces que alternan su posición representando cruces aspadas y cruces griegas bordadas en color rojo, tanto en el cuerpo como en las ínfulas. En el interior de los picos los mismos motivos se repiten, alternando cruces bordadas con seda roja y negra. La mitra se remata perimetralmente con una cinta tejida en telar de cartones con sedas amaranto e hilos metálicos dorados y plateados, que desarrollan motivos de tradición persa a base de estrellas de ocho puntas flanqueadas por pajaritos enfrentado, alternadas con fondos geométricos. Es una mitra auriphrisiata, adornada con galón de oro (auriphirisum), dispuesto in titulo, (verticalmente) e in circulo (bordeando la parte inferior) además de los picos y en las ínfulas. El mayor o menor lujo de la pieza lo proporcionaba la riqueza del gaón y la pedrería que un día la adornó[1]. La pieza fue restaurada por la empresa Kronos en octubre de 2018 y financiada por el Gobierno de Aragón para participar en la exposición Panteones Reales, que tuvo lugar en Zaragoza.
La Virgen de Rañín (La Fueva) es un magnífico ejemplo de virgen trono, con el Niño sentado en su regazo. Esta obra románica, fechada en el siglo XIII, puede considerarse una imagen de transición. Posee a la rigidez y frontalidad, pero tanto la imagen del Niño como la de la Virgen están suavizadas, sus rostros esbozan una ligera sonrisa. Además, el Niño aparece ladeado, no en el centro de la falda de su madre, como es habitual en el pleno románico. Ataviada como una reina, lleva corona y sostiene una manzana, aludiendo a Eva. Así María es la nueva Eva, con quién se cerrará el ciclo del pecado original para redimir a la humanidad.
Además, el museo cuenta con una gran colección de lipsanotecas, muchas de las cuales conservan la noticia de su consagración en pergamino. Estas pequeñas cajitas, en la mayoría de los casos toscamente talladas, contenían reliquias de santos, recordando los sepulcros de las catacumbas romanas que habían servido de altar en los primeros siglos del cristianismo. En muchas ocasiones las reliquias eran envueltas por suntuosos tejidos, algunos de ellos de origen musulmán, que destacaban por su elevada calidad y recuerdan nuevamente la convivencia que existió entre diferentes culturas. Las tecas se colocaban bajo el ara del altar durante la consagración del templo al culto cristianos. Destaca entre las conservadas la de la iglesia de los santos Juan y Pablo de Tella, que recientemente cumplió mil años desde su creación, ocasión que originó la celebración de diferentes actos organizados entre el Ayuntamiento de Tella-Sin, la asociación cultural Losa La Campa, la Comarca de Sobrarbe y el Museo Diocesano Barbastro-Monzón, bajo el lema “Tella, mil años de historia, un año de celebración” y que se cerraron con una celebración en rito hispano (rito con el que se consagró el templo en 1018/19) por parte del obispo don Ángel Pérez Pueyo.
Pero quizás la pieza que más destaca por su calidad artística es el crismón de la catedral de Barbastro, esta pieza tallada en piedra policromada se fecha a finales del siglo XIII. Es el anagrama del nombre de Cristo en griego formada por las iniciales de su nombre X (ji) y P (ro) y la S, letra final del mismo. Además del nombre cuelgan “alfa” y “omega”, primera y última letra del alfabeto griego, en relación con la infinitud de Dios, principio y fin de todas las cosas. Un travesaño central completa la forma de rueda. El conjunto es enmarcado por un círculo, símbolo de la inmutabilidad y perfección divinas. Dos ángeles sujetan el crismón al tiempo que pisan dos seres fantásticos que representan el mal. En conjunto la pieza simboliza el triunfo de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte. La pieza sobresale por la calidad de la talla, la finura de su ejecución y su preciosismo. Es de resaltar extensión la policromía que conserva, que, aunque no toda es original, se puede fechar entre el siglo XIII y XV (datos arrojados por los análisis químicos realizados a varias muestras tomadas durante el periodo de restauración de la pieza por parte del Museo Diocesano Barbastro-Monzón en 2011).
La esencia del románico de estas tierras pervive a través de las obras conservadas en el Museo y en tantos rincones de este nuestro territorio, auténticos tesoros de nuestro patrimonio, de nuestro legado, que son nuestras señas de identidad.
[1] Informe final de los trabajos de conservación-restauración de la Mitra de san Victorián. Empresa restauradora KRONOS Servicios de Restauración. Octubre de 2018



