La Catedral de la Asunción de Barbastro encierra entre sus muros secretos rincones, joyas históricas y artísticas que parecen escondidas a simple vista, rituales y curiosidades que nos hablan en silencio de intrigas, luchas de poder en el seno de la Iglesia o del deseo de las nobles y poderosas familias de la época por alcanzar cuanto antes el reino de los cielos.
Algunos de esos misterios fueron desvelados ayer por el Museo Diocesano Barbastro – Monzón que quiso celebrar la festividad del patrón de la diócesis, San Ramón, con una estimulante, atractiva y exitosa visita guiada por los lugares más recónditos de la seo. Los afortunados fueron un centenar de visitantes que en dos turno de mañana y tarde descubrieron con asombro esas manifestaciones históricas, artísticas y religiosas y comprobaron que «la historia de la Catedral está especialmente ligada a la historia de la ciudad», como explico la subdirectora del Museo Maite López.
Muchas han sido las personas interesadas en realizar estos ‘itinerarios secretos’ por el templo. Y dada la lista de espera que se ha generado, el Museo repetirá la actividad en agosto, coincidiendo con el Festival Vino del Somontano.
Los interesados conocerán el cuarto del chocolate, en el que los sacerdotes desayunaban en el siglo XVII, siguiendo la moda de la época que marcaba refinamiento y distinción social. En la secretaría contemplarán los retratos psicológicos de los obispos Omella y Echebarría, realizados por la prestigiosa pintora zaragozana sor Isabel Guerra. Tras la secretaría está la sala de reuniones del Cabildo donde se tomaban las deliberaciones y se elegía democráticamente introduciendo bolas blancas o negras al deán que ejercía de contrapoder del obispo de la diócesis. Allí también está la bula papal que emitió Pio V en 1571 y por la cual Barbastro recupera su Diócesis y el templo construido en 1533 pasó a ser catedral. Desde allí se accede a las bóvedas. En la
visita también se conocerá, en el retablo mayor, el destierro de San Ramón y la llegada de sus reliquias a la ciudad, recibidas con gran júbilo. La capilla barroca del Cristo de los Milagros se podrá admirar por una discreta y privilegiada tribuna desde donde se contemplaba a los asistentes al culto y las pinturas que la decoran. El paseo misterioso culmina -como la vida- con la visita al inquietante cementerio de finales del XVIII bajo la plaza del Palacio.





