Lo que conocemos como folclore infantil -las canciones de corro o canciones de comba- es un fenómeno muy complejo que ha recibido atención no solo por parte de los estudiosos de la literatura popular de transmisión oral, sino de los antropólogos, pedagogos y psicólogos. Las diversas teorías explican cómo estas tradiciones facilitan la comprensión del mundo a los niños y los ayudan a integrarse en la cultura de su comunidad.
Las canciones infantiles, más allá de constituir una rica colección de rimas y juegos lingüísticos, son herramientas mnemotécnicas y socializadoras, pero, además, sirven para que el niño asuma las normas y valores de la sociedad en la que vive: la importancia del respeto o la colaboración, junto a conceptos como los del bien o el mal, y el sentido de pertenencia a una comunidad específica.
La función principal de la literatura en las sociedades medievales, momento en que se formaron las lengua romances, era la de prodesse et delectare, establecida ya en el siglo I a.C. por Horacio en su Epístola a los Pisones, cuyo objetivo “enseñar deleitando”. Mediante el juego, los niños desarrollan, cantando, sus habilidades lingüísticas, pero también aprenden normas sociales, pues, como señala Piaget, el desarrollo cognitivo infantil pasará de los juegos individuales o egocéntricos a los juegos colectivos y con reglas, y es ahí donde el folclore, con sus rimas y normas compartidas, cobra especial importancia para que el niño asimile realidades complejas de manera simbólica.
Dentro del folclore, entendido como literatura de transmisión oral, anónima y patrimonio del pueblo, que sobrevive gracias a la memoria colectiva, las canciones infantiles se enseñan a los niños para transmitir contenidos de interés social; pero también deben ser observadas como productos de la propia selección infantil, que prefiere unas antes que otras: Al pasar la barca, Tres hojitas madre, Estaba el señor don gato son algunos ejemplos bien conocidos. Frente a los contenidos a menudo sexistas de muchas canciones tradicionales (Al pasar la barca me dijo el barquero/ las niñas bonitas no pagan dinero), esta canción muestra una respuesta transgresora por parte de la niña protagonista, que afirma “yo no soy bonita ni lo quiero ser/ Arriba la barca de Santa Isabel”. Más allá de toda instrumentalización feminista de esta respuesta (que desde luego viene bien al caso), cabría preguntarse, por ejemplo, si el barquero es una reminiscencia de Caronte y si la barca conecta, por ende, con el más allá; o qué barca es esa “de Santa Isabel” y por qué se la insta a ir “arriba”. ¿Podría tratarse del vapor-correo de la Compañía Transatlántica Española que se hundió frente a las costas gallegas el 2 de enero de 1921? Tres jóvenes de 14, 16 y 24 años, conocidas desde entonces como “las heroínas de Sálvora”, rescataron a numerosos pasajeros con sus barcas pesqueras en aquella tragedia, por lo que la canción podría rendir homenaje a las protagonistas gallegas, asimilándolas a la letra por medio de la rima favorecida por el nombre del barco. El “señor don gato” que muere al caer del tejado, donde tan tranquilo estaba, al recibir una petición matrimonial por carta, y que resucita al olor de las sardinas, ¿qué mensaje transmite? ¿O por qué las tres hojitas del arbolé, con su rima forzada por la -e paragógica, son precisamente tres, y dos están abajo y solo una arriba?
Tres hojitas, madre, tiene el arbolé,
la una en la rama, las dos en el pie.
Inés, Inés, Inesita, Inés.
Dábales el aire, meneábanse,
dábales el aire, jaleábanse.
Arbolito verde secó la rama,
debajo del puente retumba el agua.
Ábreme la puerta, adorado clavel,
ábreme la puerta, que te vengo a ver.
Los dos versos centrales con rima en –a, y no en –e como el resto, son profundamente significativos y misteriosos. ¿Por qué se secó el arbolito (verde, tal vez joven) con tal cantidad de agua bajo el puente? ¿Podría tratarse de un vástago que se echó a perder? ¿Habla el poema de dos enamorados, o de los miembros de una familia? Aunque la canción está documentada ya en época de los Reyes Católicos, Emilio Villalba piensa que su origen podría ser anterior, de tradición andalusí, basándose en la semejanza fonética de Inés (procedente del nombre grecorromano Agnes) con anisa, que en árabe significa señora:
En árabe,“señora” es “anisa” que, pronunciado, suena “Aines”. De tal forma, “anisa, anisa, anisa, anisa”, al cantarlo sonaría como “Ainis, ainis, anise t ainise”. Esta “t” es la llamada “tamarbuta” una “t” usada en árabe cuando una palabra termina en vocal y se une a otra que también comienza por vocal. Por ejemplo, con Madina, que termina en vocal:“Madinat Az zahara”[i].
En griego Agnes significaba pura, casta; santa Inés de Roma fue una joven virgen mártir que vivió en el s. IV d.C. Los niños, por supuesto, ignoran estas cuestiones, pero su capacidad de asombro, su enorme curiosidad, no debe ser desdeñada: son investigadores en ciernes, capaces de hacerse todas esas preguntas y otras muchas, y capaces de preservar, por su perfume misterioso, unas canciones a las que elevan al mayor honor posible: el de ser recordadas, generación tras generación, en sus juegos.
[i] Villalba, Emilio: La dézima musa. Consultado el 12 de abril de 2026 en: https://www.emiliovillalba.com/2021/02/04/la-dezima-mvsa-una-artista-olvidada/


