La Guerra Civil no puede ocultar el valor en sí mismo de la República, sin idealizarla pero sin condenarla tampoco al fracaso absoluto, pues no resultó tan caótica como algunos nos quieren hacer creer, ni condujo como tal a ninguna catástrofe. Más bien la “hecatombe” vino provocada por la asonada golpista del 18 de julio de 1936. Pudo ser la República una experiencia democratizadora accidentada, en buena medida a causa de los múltiples enemigos y obstáculos que encontró en su camino, pero en modo alguno anunciaba o predeterminaba la tragedia que vino después en forma de desgarrador conflicto bélico, provocado por la sublevación de julio de 1936.
La República llegó 14 de abril de 1931, dos días después de unas elecciones municipales que acabaron por suponer un verdadero plebiscito contra la monarquía, saldado con el exilio de la familia real. Llegó entre aplausos y vítores para celebrar el advenimiento del nuevo régimen, sin que hubiese que lamentar el menor incidente. Parecía llegada la hora del gobierno de la razón, de la lógica, de la libertad auténtica, de un ordenamiento constitucional acorde con los principios democráticos; parecía abierto el camino para democratizar la vida política en un país de escasa tradición democrática y en un contexto europeo de gobiernos y parlamentos amenazados por el fascismo. Ahora bien, tras el fulgor de estos primeros días de euforia, la división del país y el temor de las “fuerzas vivas” podían dar al traste con los proyectos recién alumbrados.
Hay toda una veta histórica del republicanismo español que arranca de mediados del siglo XIX y que identifica la palabra República con “democracia”. Es más, los demócratas pioneros consideraban a la República como la forma política más idónea para reducir desigualdades y para no permanecer impasibles ante los contrastes riqueza-pobreza o cultura-analfabetismo. Tiene sentido recuperar el sentido cívico y ciudadano de esa veta democrática y republicana, labor que el trágico epílogo de 1936 impidió culminar durante décadas. Todo se lo llevó la guerra envuelto en un silencio espeso, hasta la Constitución de 1931, que fue una ventana a las libertades y a la dignificación de la vida pública, pero acabó en el olvido, cuando no en la defenestración más absoluta, convertida en un muro clausurado hasta que “iluminase”, siquiera tenuemente, a la nueva Carta Magna de 1978.
Esa República que nacía en primavera, hace justo 90 años, no resultó tan incompetente y tenebrosa como la historiografía franquista nos hizo creer durante décadas y como los escritos revisionistas actuales nos pretenden seguir inculcando. Esos mismos autores y sus voceros mediáticos se empeñan en confundir a la opinión pública con la aberración de que la Guerra Civil empezó en 1934, coincidiendo con los sucesos de Asturias y el levantamiento catalán. Llegan a afirmar que en la España de 1936 “ya no había demócratas” al vincular el colapso de la República con los orígenes de la Guerra Civil, saliendo limpios de polvo y paja los perpetradores del golpe militar de julio de 1936.

