Hoy es una noche tórrida en la que he preferido aprovechar el insomnio echando mano de la literatura. No tengo en mi mesita de noche ningún libro recurrente para entrelazar el calor del verano con referencias a algunos de los grandes nombres de la literatura que han tratado este tema. Sin embargo, me voy al salón, convencida de que, si cojo el ordenador y exploro textos literarios durante un tiempo, tal vez llegado el momento en que la luz vence a la sombra, destacando el sigilo de la aurora, y el temblor del aire nos premia con un fresquito agradable podré volver a la habitación, tumbarme en la cama y recibir el amanecer con ese sopor que solo los que hemos estado desvelados podemos experimentar.
Por algunas razones, he intentado cambiar mi nocturnidad, a la que he alimentado durante años vagando en la oscuridad de la noche, por una luz de la mañana que me ha hecho buscar la vitalidad en el alba, convirtiéndome un poco en alondra. No obstante, me defino más como búho, sabiendo que en algunas culturas estos animales nos invitan a mirar con mayor profundidad. Siempre me he concentrado más y mejor con el silencio absoluto y el aislamiento. Me atrevería a decir que mi afición por la escritura se fraguó durante la noche, momento en el que daba rienda a mi imaginación mientras el mundo estaba en pausa. Tal vez es la ocasión en la que el flujo de ideas y emociones subconscientes encuentran ese camino libre hacia el papel.
Me he alejado del enfoque inicial que apuntaba, aludiendo a esos grandes de la literatura cuyos textos fueron escritos con tinta de fuego. Así que, retomo ese punto con algunas de sus referencias al verano y al calor. Empiezo por Albert Camus, quien decía: “Bajo el sol inmóvil del Mediterráneo, todo pesa: el tiempo, el silencio, la respiración. Incluso los pensamientos avanzan con la lentitud de quien cruza un desierto”.
Una de las características de la poesía de García Lorca es que la naturaleza se transforma en símbolo. El verano para él no es solo una estación, sino un estado del mundo en el que la belleza, el deseo y el destino parecen intensificarse bajo un sol implacable.
Para Ernest Hemingway, en obras como Fiesta, el verano se relaciona con los viajes, las fiestas populares, el sol y la búsqueda de sentido tras la guerra. El calor acompaña la vitalidad, pero también el cansancio y el vacío existencial.
En la novela de Marcel Proust En busca del tiempo perdido, los días de verano evocan recuerdos de la infancia y muestran cómo el calor y la luz pueden despertar la memoria y las emociones.
En Cien años de soledad de Gabriel García Márquez el calor tropical es casi un personaje más. La humedad, el bochorno y los largos veranos intensifican la sensación de realismo mágico y de tiempo suspendido.
Juan Ramón Jiménez en un poema invoca a un verano que torna a encender las calles y a oscurecer las casas. En las noches, describe las estrellas que pesan sobre los ojos cargados de nostalgia.
Para acabar, cojo mi biblia literaria, mi guía cuando trato este tipo de temas, y me imagino a Antonio Machado caminando despacio entre los caminos polvorientos de Castilla, buscando en el paisaje una respuesta que nunca termina de llegar. Porque el verano también enseña a esperar: la sombra de un árbol, la primera brisa del atardecer, el sonido de una campana lejana. Su verano suele transmitir serenidad, melancolía y contemplación.
Con esa perspectiva del maestro, deseo que este verano húmedo y asfixiante, de noches tórridas, logre infundirme la paciencia suficiente para esperar con ilusión el próximo invierno.
Porque como escribió John Steinbeck, “¿de qué serviría el calor del verano sin el frío del invierno para darle dulzura?
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