Pedro Solana. Corría el mes de mayo de 1990. No hacía ni un año que había conquistado la cima del Mont-Blanc y se había roto el maleficio: ya no me inquietaba cruzar los Pirineos pues por autopista se va rápido y cómodo, aunque… sin que sirva como precedente… ¡te pueden detener! Por eso siempre hay que cuidar siempre el aspecto.Ocurrió que nuestro primer viaje a los Alpes lo hicimos en el viejo coche de mi amigo Joaquín, junto con Manolo. Queríamos probar la nieve alpina con los esquís de montaña. Los tres, buenos amigos, compañeros de aventuras en cursos de iniciación al esquí de montaña, habíamos cargado aquel Renault 12, color amarillo chillón, hasta los topes. Varias bolsas de viaje iban atadas sobre el portaesquís, repleto de tablas y bastones, en la baca.
No éramos conscientes de la imagen que transmitíamos pero lo cierto es que al salir de un peaje de la autopista un gendarme nos dio la señal de parar el vehículo.
Bajamos y tras la identificación se nos ordenó abrir el maletero y sacar todo el equipaje para depositarlo en el suelo. Acto seguido un perro antidroga husmeó una y otra vez no solo el equipaje, también el interior del coche. Nada. Estaba claro que no encontraba nada. Los asientos quedaron llenos de pelos que aquel pastor alemán, quizá drogado y con síndrome de abstinencia, perdía por todos los rincones que olisqueaba.
Pasaban los minutos, me empecé a enfadar y para colmo, el gendarme entre sonrisas e insinuando complicidad trató de sonsacarnos si llevábamos algo, no sé, creo que de hachís.
Avancé con gesto serio y voz grave, muy grave, le respondí : «Nous sommes sportistes, monsieur. Nous ne sommes pas vicieux» («Somos deportistas, señor. No somos viciosos»). El gendarme se apartó enfurruñado y dándonos paso permitió que siguiéramos por la autopista.
Mis compañeros bromeaban después por el desplante que le había hecho al policía, rozando el desacato y así, entre risas, aquel Renault 12 nos transportó hasta Täsch, en Suiza.



