(Abordar el tema del ocio en la adolescencia desde la mirada y la experiencia de un adulto tiene sus riesgos. Cada época tiene sus referencias culturales, sus maneras de relacionarse y sus formas de divertirse, y rara vez coinciden con las que disfrutan las generaciones precedentes. El mero hecho de plantear esta reflexión puede resultar de “viejunos” para aquellas personas que conocen las tendencias y modas de los más jóvenes. No obstante, aun a riesgo de equivocarme con los argumentos, creo pertinente exponer la preocupación que manifiestan muchos padres coincidiendo con las vacaciones escolares y las distintas festividades).
Ser adolescente en una localidad como Barbastro puede conllevar ciertos inconvenientes. Esto lo saben bien los padres y los profesores de los chavales, pero sobretodo los chicos y las chicas de esas edades. Lo que puede ser una ventaja para una etapa de la vida, la infancia, puede convertirse en una desventaja en la siguiente, la adolescencia. Nuestra ciudad tiene ese tamaño que favorece los lazos de amistad en la juventud, salir a la calle con los amigos, de peñas en las fiestas, pero tiene el inconveniente de no alcanzar la dimensión suficiente para ofrecer las alternativas que existen en las localidades más grandes. Esta desventaja es patente en la escasa variedad de actividades lúdicas para los más jóvenes. Una carencia que no es exclusiva de nuestra ciudad sino que sucede en otras localidades y pueblos de nuestro entorno.
Las limitaciones que imponen las normas actuales y el cambio en las costumbres han reducido los espacios de sociabilización de los zagales hasta hacerlos prácticamente desaparecer de la oferta de entretenimiento local. Este profundo cambio en los hábitos sociales ha dejado en un limbo a las generaciones comprendidas entre los 13 y los 16 años, unas edades donde no se encaja como niños en las actividades que se programan en la ciudad ni tampoco como adultos en lugares de reunión como los bares.
El problema del ocio en los adolescentes y su solución -si es que existe tal problema y su remedio- se debe enfocar desde el prisma de las opciones, de si los jóvenes pueden tener alternativas al vagabundeo por las calles, al tiktok y demás cárceles digitales, y de si se pueden ofertar otras formas de esparcimiento para los chicos y chicas en espacios “físicos” adaptados a su forma de divertirse en pandilla.
Obviamente, la alternativa no puede ser acampar en un centro comercial, ni existen en nuestra ciudad ni tampoco es lo más recomendable, aunque sea la fórmula de esparcimiento más habitual en las grandes ciudades. A los más jóvenes hay que ofrecerles un espacio para el entretenimiento que proporcione libertad, y a la vez control, para que puedan realizar sus reuniones y sus fiestas sin el tutelaje de los padres. Un espacio donde conozcan la música en directo, disfruten de los Dj’s, se sorprendan con nuevas expresiones artísticas y se diviertan con cualquier otra actividad cultural que no sea puramente extraescolar o deportiva.
Ignorar esta necesidad de las nuevas generaciones tiene sus riesgos, tanto para la ciudad como para los propios jóvenes. La ausencia de opciones de ocio a ciertas edades puede llegar generar un cierto tipo de desilusión hacia el propio “pueblo”, la renuncia a salir con los amigos a la calle o al parque y un mayor ensimismamiento digital. Luego está el problema de la seguridad. Este asunto ha escalado posiciones en los últimos años en nuestro país como un factor de intranquilidad para los padres, sobre todo, a la vista de los cambios en el comportamiento social producidos bajo la influencia del ecosistema digital. Paradójicamente, a los adolescentes de hoy la sociedad les cierra los establecimientos de ocio pero les abre las puertas de Internet. Esta contradicción ha llegado a asimilarse por la sociedad con total naturalidad.
El Ayuntamiento de Barbastro tiene la oportunidad política y los medios económicos para dar solución a esta necesidad de los más jóvenes y preservar con ello la atmósfera de respeto y de sana diversión que ha definido el ocio joven durante décadas. Nuestra ciudad debe ponerse manos a la obra para abrir un espacio seguro, “analógico” y abierto a la creatividad para que los adolescentes que lo deseen puedan disfrutar con libertad y seguridad de los momentos y de las actividades propias de su edad. Hasta entonces, las peñas y el resto asociaciones recreativas pueden colaborar de manera ocasional en la organización de actividades para los adolescentes. Junto a estas entidades, la iniciativa privada, con el soporte municipal necesario, también puede explorar el lanzamiento de algún tipo de evento que resulte atractivo para estos jóvenes.
No se pierde nada por intentar materializar alguna de estas ideas. La política local está para responder a este tipo de demandas. Además, que mejor satisfacción puede haber que propiciar unos buenos recuerdos a los adolescentes y unas horas de tranquilidad a los padres. A mi me lo parece.


