Paseo por la calle con un sobre ensangrentado en mi bolso. Llevaba un par de días en mi nevera, al lado del yogur desnatado, la leche de soja, los huevos, los pimientos con vinagre y otros caprichos que suelen encontrarse en los frigoríficos de estos lugares a los que las democracias occidentales les gusta etiquetar como países modernos, desarrollados y civilizados. Llego a mi clase de pilates después de aparcar mi nuevo coche. Dejo la bolsa en el banco, me quito mis zapatillas de marca y me tumbo en la máquina ‘reformer’ para disfrutar de una hora de ejercicio y cuidar de mi cuerpo y de mi mente. No me concentro porque inevitablemente no puedo dejar de pensar en lo extraño que es estar disfrutando de la supuesta vida moderna con ese ensangrentado sobre en mi bolso. Las gotas de sangre pertenecen a mi padre. Aprovechando que el fin de semana anterior los dos estábamos en casa, nos pusimos manos a la obra. Abrimos el paquete que nos mandaron desde el laboratorio oficialmente designado por la Comunidad de Aragón para encargarse de tomar muestras de sangre de los familiares de personas desaparecidas durante la Guerra Civil y la dictadura del general Franco.
Las instrucciones son muy básicas. Una cartulina pequeña con un círculo en el centro que hay que ensangrentar para la muestra y un trozo de papel que detalla exactamente cómo hay que depositar la sangre para que ésta sea válida. Después de desinfectar el dedo con alcohol, mi padre se lo pincha con la aguja esterilizada que nos proporcionaron. Se pasa un buen rato apretando a conciencia para sacar la cantidad de sangre suficiente para convertir ese vacío círculo blanco en una redonda roja, gota a gota.
Otro rasgo de las culturas occidentales modernas es su obsesión por centrarse en los resultados como medida absoluta del éxito. Lo importante es llegar, el cómo es secundario. Quizá por eso España se contenta de haberse convertido en una democracia sin tener muy en cuenta las asignaturas pendientes. Algunas de ellas tan importantes para una verdadera democracia como son las fosas comunes con los cuerpos de todas las víctimas del franquismo y de la Guerra Civil que yacen bajo tierra y sobre cuyos cuerpos andamos nosotros a diario. Mi bisabuelo paterno es uno de ellos. Y su cuerpo enterrado bajo tierra, supuestamente, en la fosa común del cementerio de Barbastro es la razón por la que yo llevo ese sobre ensangrentado en mi bolso, esperando encontrar el momento durante mi ajetreada vida moderna para ir a Correos y mandarlo de vuelta a la Comunidad de Aragón, vía correo certificado.
Mientras disfruto de la vida en libertad por la que lucharon muchas personas como mi bisabuelo, mientras cuido de mi cuerpo y de mi mente, aprovechándome de las comodidades de una juventud muy diferente a la que tuvieron mis antepasados, me pregunto cómo hemos llegado hasta aquí. Con un sobre ensangrentado en mi bolso, pensando que lo más probable es que de poco sirva el esfuerzo que llevo haciendo durante los últimos años para recuperar los restos de mi bisabuelo. La mía fue una de las primeras generaciones nacidas en libertad y a pesar de sumar más de 40 años de democracia, las terceras generaciones tenemos que seguir luchando y esforzándonos para recuperar los restos de nuestros familiares para darles una sepultura digna.
El problema de centrarse en los resultados para poder etiquetarse como país democrático es lo que ha llevado a España a olvidarse deliberadamente de la importancia que tienen los procesos de reparación y de por qué hay que prestar más atención a cómo llegamos a nuestro destino. Probablemente mi bisabuelo y todos esos hombres y mujeres que yacen bajo tierra estarían bastante decepcionados al saber que, en 2023, las terceras generaciones tenemos que convivir con la decepción y la tristeza de saber que basta con que partidos como PP y VOX presenten una propuesta de derogación de la Ley de la Memoria Democrática para que ese sobre ensangrentado y los estrujones que le pegamos al dedo pinchado de mi padre no sirvan de nada.
Neveras llenas de comida, caprichos como clases de pilates, laboratorios con avances científicos que permiten secuenciar el ADN a partir de unas cuantas gotas de sangre… de nada sirven cuando las ideologías y las agendas políticas se imponen por encima de algo que tendría que ser la base de cualquier democracia que se precie: ofrecer procesos de reparación dignos que ofrezcan a las víctimas de la Guerra Civil y la dictadura franquista la posibilidad de recuperar a sus muertos y, sobre todo, la confianza de que nuestros esfuerzos no sean en vano.





1 comentario
Cuando nació mi hijo, hace 40 años, también tube que pincharle el talón, apretar ( que no estrujar…, es otro verbo más adecuado) y mandar la gota a un laboratorio para descartar que tuviera alguna deficiencia genética.
Cuarenta años después extraemos sangre para otro fin. Sin duda es un salto de progreso.