Es el otoño la estación ideal para la novela corta. Tardes de lluvia que invitan a sofá, libro y manta. De eso voy a hablar este otoño: de novela corta que invite a pasar una tarde con una taza caliente en la mano y un libro sobre las rodillas.
A eso invita, sin duda, “La lluvia amarilla” de Julio Llamazares.
Nos cuenta esta novela corta, o casi relato largo, una historia mil veces oída en España, sobre todo por nuestra tierra, el abandono de los pueblos. O esa es la excusa que usa Llamazares para hablarnos, y de qué manera, de la condición humana. Suena manido, lo sé, pero esta historia, que nos encoge el estómago a medida que la lees, te hace vivir cada palabra.
Anielle y su último habitante… ¿cómo no pasear por esas calles sin emocionarte con él?
Andrés de casa Sousa, que ha ido viendo como una a una se han ido vaciando las casas de Anielle. Andrés, que decide quedarse solo junto a su perra. Andrés que sabe que el invierno es duro en el Pirineo y que la locura hace mella en esa estación. Andrés, que pese a todo, se queda. Y nos narra todo lo que pasa por su cabeza.
No hace falta hablar de qué va el libro. No, no hace falta. SOLEDAD.
Puro sentimiento. Pura emoción. Pura congoja. Puro amargor.
Quién puede leer este libro y no desear ir a Anielle a oler sus casa vacías. A mirar el derrumbe de sus cuadras tan bien narradas. A sentir. A sentir así como Andrés sintió.
Hay que leer esta historia por muchos motivos, pero uno de ellos es, sin duda, por su técnica narrativa. ¡Qué difícil es narrar en primera persona y hacerlo de manera magistral! ¡Qué difícil hacer de la prosa verso, y de las palabras emoción!
Julio Llamazares nos regala un libro para volver a él, como debe ser, a lo largo de los años.
Decidme que sí. Que la vais a leer.

