“Tu bisabuela fue fusilada en vida” , me dice, mirándome a los ojos fijamente, la empleada de una tienda de ropa de Buenavista del Norte, una localidad de menos de 5.000 habitantes en la parte más noroccidental de la isla de Tenerife, en el archipiélago canario. Esta zona es conocida como el fin de la isla, pero en realidad es una de las partes que emergieron en primer lugar, compuesta de materiales geológicos de entre 6 y 7 millones de años de antigüedad. En Buenavista del Norte fue también el lugar donde un grupo de personas con ideales progresistas y humanistas podrían haber frenado las ambiciones golpistas del dictador Franco. De haberlo conseguido, mi bisabuela no habría quedado viuda y marcada por el régimen para siempre y mi bisabuelo no yacería hoy en una fosa común en el pueblo de Barbastro. En este pequeño rincón del mundo, rodeado de la más esplendorosa naturaleza y de imponentes montañas y barrancos, he conocido la historia de unas personas que antes de que se les arrebatara toda esperanza y que fueran derrotados por las tropas de Franco, huyeron al monte, con la confianza de salvar la vida y la dignidad de sus ideas.
En este mismo pueblo, 88 años después, en un sábado de noviembre, Eduardo Diez Pombo, Investigador del Instituto de Productos Naturales y Agrobiologia – IPNA-CSIC, en San Cristobal de la Laguna, y el historiador, Jose Manuel Hernández Hernández, presentan su trabajo de investigación realizado en Buenavista del Norte entre 2023 y 2024, a cargo del IPNA-CSIC. Los resultados se presentan en el marco de unas jornadas de sensibilización y difusión de la memoria histórica, ‘Memorias y Olvidos: La Represión en Buenavista del Norte’.
Me he organizado para quedarme a descubrir las montañas de la zona después de la conferencia, pero necesito comprarme unos calcetines de senderismos urgentemente. Con las prisas, me los he dejado en casa. Ese pequeño inconveniente, me ha dado la oportunidad de poder conocer el punto de vista de esta vecina del pueblo sobre las consecuencias de la Guerra Civil y la dictadura en el pueblo. “Todo el mundo debería asistir a esta charla”, me dice. Y así la señora inicia una conversación conmigo sobre lo que para ella son las personas que sufrieron más la represión franquista: los que quedaron en vida y tuvieron que compartir su existencia con la dictadura, después de que sus familiares hubiesen sido represaliados injustamente por sus ideas políticas.
Con su victoria, Franco quiso ir atrás en el tiempo y perseguir a sus enemigos por las actividades políticas en las que se implicaron antes del golpe de Estado, durante los últimos años de la Segunda República. Hernández explica que se trataba de una represión física y económica. “Los represaliados eran sometidos a un doble proceso en el que se les acusaba de responsabilidades políticas por actos realizados desde 1934, con libertades democráticas que existían en ese momento”, añade. Se imponían multas e incautaciones de bienes a toda persona que hubiese mostrado alguna actitud de oposición política. Si los acusados ya no podían responder por ello, al estar muertos, o entre rejas, la familia tenía que responder. “Las responsabilidades políticas se aplicaban a todo el mundo, estuviera muerto o vivo”, puntualiza Hernández.
El fusilamiento de mi bisabuelo y la apertura de la fosa común en la que está enterrado se han convertido en el centro de las conversaciones en mi familia desde que yo empecé a investigar su historia, con el fin de romper el silencio e intentar recuperar los restos de mi bisabuelo. Hablamos menos de la vida a la que fue condenada mi bisabuela al quedarse viuda. En una carta que escribió en prisión antes de ser fusilado y de la que guardamos copia, mi bisabuelo le pedía a su mujer que “mantuviera la cabeza alta”. Mi padre siempre recuerda que mi abuelo estaba enfadado con mi bisabuelo. Él apenas hablaba del tema, pero cuando lo hacía, mostraba el resquemor que sentía por todo lo que sufrió él mismo, sus hermanas y su madre, al quedar marcados por el régimen para siempre. La señora que me vende los calcetines de senderismo tiene razón. A mi bisabuela, aunque no le quitaron la vida ni la encerraron entre rejas, también se la llevaron. El expediente de responsabilidades políticas condenaba a mi bisabuelo y a todos sus herederos al pago de 500 pesetas de multa. En esa misma sentencia, aprobada unos meses después de su fusilamiento y al no estar en vida para poder cumplir el pago, se hace responsable de manera específica a mi bisabuela quién nunca fue capaz de asumir esa cantidad. Esa sanción económica no se levantó hasta el 26 de junio de 1959, cuando se le concedió a mi familia el indulto.
Durante la conferencia en Buenavista del Norte, los investigadores comparten un montaje audiovisual que escenifica la búsqueda de un represaliado por la policía y cómo entran en casa de su esposa, con sus hijos presentes, para efectuar la detención. En el caso de esta representación basada en hechos reales, ese día, el padre no se encontraba en la vivienda. Su ausencia le salvó la vida, pero uno de sus hijos murió literalmente del susto al presenciar con sus inocentes ojos la actuación policial. Se me entrecorta la respiración al pensar que seguramente ese miedo y esos gritos de los niños mostrados en ese video se reprodujeron exactamente en casa de mi bisabuelo, cuando le detuvieron delante de sus hijos y esposa, el mismo día de la victoria de Franco y después de que ordenara eliminar el enemigo. Se me hace un nudo en el estómago. Para tranquilizarme pienso que voy a estar bien, a salvo, porque cuando acabe la conferencia voy a huir al monte, a patear, a buscar refugio y encontrar la calma en la naturaleza. Tomar aire, respirar, olvidar el horror al que se vio sometida toda mi familia cuando se produjo la detención. Huir al monte para olvidar fue un privilegio que mi bisabuela no tuvo. Ella se quedó en Barbastro cuidando de sus cuatro hijos, al principio. Más adelante, mi abuelo encontró la manera de dejar atrás todo aquello en Barcelona. En ese audiovisual de ficción, la mujer guarda la dignidad. Sin gritar, sin perder los nervios, repite una y otra vez a la policía: “Aquí no está, mi marido no está en casa”. Con la misma entereza, recuerda a esas fuerzas del orden que hay niños presentes, pero ellos desoyen. “Las mujeres sufrieron la represión de sus compañeros de lucha y llevaron las consecuencias de esa represión para poder sacar adelante la familia, estando ya viudas”, explica Hernández. Además, en las huelgas y las movilizaciones, las mujeres apoyaban a todos los trabajadores. “Existía un entramado de solidaridad de las mujeres de los vencidos”, añade.
Franco entró en Tenerife con mal pie. Llegó a la isla como Comandante General de Canarias. Al margen de su pomposo nombramiento militar, el pueblo lo conocía como ‘el carnicero’, un apodo que se ganó por haber liderado la represión contra los trabajadores de Asturias durante la insurrección obrera conocida como la Revolución de Asturias, en octubre de 1934. Haciendo honor a ese sanguinario sobrenombre otorgado por los canarios progresistas y sabiendo muy bien dónde buscar apoyo, Franco no tardó en aliarse con los terratenientes y la burguesía insular para tejer su golpe de Estado, el 18 de julio de 1936. Buenavista del Norte, fiel a los valores de la república, se adelantó a la catástrofe que estaba por venir y mostró firme oposición a los tejemanejes del dictador. Como explican los investigadores Diez y Hernandez, el 2 de mayo de 1936, bajo acuerdo plenario, el Ayuntamiento de Buenavista del Norte solicitó la destitución de Franco, con la esperanza no cumplida de que todos los ayuntamientos de la isla se adhirieran. La falta de apoyo dejó al pueblo y su clase política al descubierto. No les quedó otra que huir al monte para intentar salvar la vida, dejando un vacío de poder absoluto en Buenavista del Norte. Diez y Hernández exponen que seguramente se esconderían en las montañas de Teno Alto. Pero estas son historias que se pasaron de generación en generación, de manera oral, y no hay constancia documental de esos senderos y refugios montañosos que los demócratas y republicanos confiaban que serían garantía de una libertad que les permitiría salvar la vida. A los muchos que fueron capturados les aguardaba un final trágico, lejos de esas montañas. Franco se ensañó en las islas. Sólo en las Canarias se abrieron más de 5000 Consejos de Guerra. “Un dato relevante para un territorio donde no hubo enfrentamientos como en la península”, puntualizan los investigadores.
En los certificados de defunción de los sentenciados a muerte aparece ‘muerte por hemorragia interna’ como la causa del fallecimiento, según los datos compartidos por Diez y Hernández. En la mayoría de casos, sus cuerpos se hicieron desaparecer en las mismas profundidades del océano Atlántico que trajeron a la vida las islas Canarias. Si los valores democráticos no hubiesen sido traicionados, Buenavista del Norte, haciendo honor a la libertad de su costa y esas montañas a las que yo estoy deseando huir, podría haber salvado a España y a muchas familias como la mía del ensañamiento de Franco. En su lugar y por desgracia, para muchos de los canarios represaliados y sus familiares, el final ha sido todavía más trágico que el de mi bisabuelo: “El mar, la gran fosa común. No podremos recuperar sus cuerpos nunca”, sentencia Hernández.





