Este domingo la Iglesia celebra la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, un día que nos invita a detenernos y mirar de frente una de las realidades más urgentes y dolorosas de nuestro tiempo. Millones de personas en todo el mundo se ven obligadas a abandonar sus hogares a causa de guerras, persecuciones, hambre o la falta de oportunidades. Tras cada migración no hay un número en una estadística, sino un rostro, un nombre y una historia que reclama dignidad y esperanza.
En Cáritas lo sabemos bien. A diario acompañamos a quienes llegan con miedo, cansancio y la ilusión de empezar de nuevo. Familias que buscan un techo donde vivir, jóvenes que se esfuerzan por encontrar trabajo, madres que luchan por dar un futuro a sus hijos en una tierra desconocida. En todos ellos reconocemos el eco del Evangelio: “Fui forastero y me acogisteis” (Mt 25,35).
La Jornada de este año coincide con el Jubileo de los Migrantes, celebrado este fin de semana en Roma, un signo que nos recuerda que cada persona migrante no es un problema a gestionar, sino un hermano que nos enriquece y que nos interpela. No se trata solo de asistencia o solidaridad puntual, sino de construir una sociedad donde nadie quede fuera, donde la diversidad sea un valor compartido y donde los derechos se respeten más allá del lugar de origen o del idioma que se hable.
La pregunta que debemos hacernos como sociedad es clara: ¿qué mundo queremos construir? ¿Uno que levanta muros y convierte al migrante en sospechoso, o uno que abre puertas y reconoce que todos formamos parte de un mismo “nosotros”? La verdadera medida de nuestra humanidad está en la capacidad de acoger, integrar y acompañar a quienes lo han perdido todo.
El Papa Francisco lo repitió en muchas ocasiones: “No se trata solo de migrantes, se trata de todos nosotros”. Porque en la mirada del refugiado se refleja nuestra propia fragilidad, y en su esperanza reconocemos nuestra vocación a la fraternidad. Defender la vida y la dignidad de quienes migran no es solo un acto de caridad cristiana, es una exigencia de justicia y de civilización.
En un tiempo marcado por el miedo y la división, la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado nos recuerda que la acogida es el camino. Ninguna persona es ilegal, toda vida es sagrada, todo viaje merece ser acompañado. Y ahí está nuestra misión: abrir puertas, ofrecer escucha y caminar juntos hacia un futuro en el que migrar no sea un sufrimiento obligado, sino una elección libre y digna.
cCáritas Barbastro-Monzón
En Cáritas Barbastro-Monzón creemos que esta Jornada es también una llamada a la conversión personal y comunitaria. Que nuestras parroquias, pueblos y ciudades sean espacios donde nadie se sienta extranjero. Que seamos capaces de traducir la fe en gestos concretos de acogida, de integración y de defensa de derechos. Solo así podremos decir que el Evangelio sigue siendo Buena Noticia para todos.
Además, nos unimos a la petición de Cáritas Española, CONFER, REDES y la Conferencia Episcopal, que reclaman la aprobación de una regularización extraordinaria de personas migrantes en España. Una medida que, más allá de ser un trámite administrativo, pondría en el centro la dignidad de quienes ya forman parte activa de nuestra sociedad y sufren la exclusión provocada por la irregularidad. Como recuerda el Papa, “nadie debe ser excluido de la mesa común de la humanidad”: la acogida y la inclusión son camino de paz y bien común.
Del mismo modo, apoyamos el llamamiento al Congreso y al Gobierno para que retomen la vía del consenso y aprueben sin más dilaciones esta regularización extraordinaria. No se trata de privilegios, sino de justicia: de garantizar que nadie quede relegado a la invisibilidad y la exclusión.


