Quince jóvenes procedentes de Alemania han hecho a finales de julio el tramo de la Ruta Mariana Lourdes-Torreciudad en bicicleta. Es una de las etapas de un ambicioso viaje a dos ruedas entre Colonia, su ciudad de origen, y Madrid, que culminará el año que viene, durante la Jornada Mundial de la Juventud con el Papa Benedicto XVI. Aprovechan periodos de vacaciones para cubrir diversos tramos, y su ilusión es llegar en 2011 a la capital de España en bicicleta y unirse a cientos de miles de jóvenes de todo el mundo.
«Ellos han sido los protagonistas -explica George, uno de los preparadores-: han planificado todo el recorrido: costes económicos, diseño de la ruta, kilometraje por etapas, desgaste de calorías, alimentos necesarios… Eso les ha hecho identificarse completamente con la actividad, porque verdaderamente era suya». Tres monitores les han acompañado durante el viaje conduciendo dos furgonetas de apoyo.
Sus figuras responden al tópico: rubios, altos, de ojos claros y muy colorados por las horas de exposición al sol altoaragonés. Las edades oscilan entre los 14 y los 18 años, y proceden de varias asociaciones juveniles de Colonia, Aquisgrán y Bonn. Durante el curso han participado cada mes en el llamado «Bike & Study», una actividad que incluye entrenamientos en bicicleta, ratos de estudio y lectura de textos del Papa como preparación para la Jornada Mundial de la Juventud.
Este verano querían recorrer en seis días los grandes puertos del Pirineo central, uniendo los santuarios de Lourdes y de Torreciudad. «Quería probarme a mí mismo, era un reto personal», dice Moritz, que ha descubierto además uno de sus talentos ocultos: la habilidad para cocinar. Por eso se ha encargado de preparar la comida para el grupo.
El recuerdo del reciente Tour de Francia estaba en las mentes de todos, por eso el momento en el que se sintieron como héroes fue al coronar el puerto del Tourmalet, a 2.115 m. de altitud, el punto más alto del recorrido. En general todo se desarrolló sin incidentes, aunque había que extremar las precauciones en las bajadas. Sólo cabe lamentar el esguince de tobillo de Daniel, pero hay que aclarar que se lo hizo antes de empezar la actividad. Sin embargo, eso no le impidió participar con sus compañeros desde el vehículo, animándoles en todo momento y disfrutando con los paisajes.
Cada día se entregaba un maillot amarillo, no al que había llegado primero a la meta, sino al que había demostrado mayor espíritu de servicio con los demás del equipo a lo largo de la etapa. Era un modo de recompensar los mejores gestos de ayuda, y los organizadores estaban sorprendidos del afán con el que los jóvenes buscaban llevar ese maillot.
Para el grupo ha sido muy importante la experiencia de conocer cuáles son los propios límites, físicos y mentales, así como aprender a no quejarse. «Ahora se dan cuenta de que son capaces de hacer mucho más de lo que están acostumbrados a vivir en su ciudad -apunta Xaver, otro de los mayores-, y no sólo en lo deportivo, sino también en la convivencia humana y en la vida espiritual».


