A los documentos siempre se les ha atribuido una funcionalidad inherente al objeto para el que fueron creados: demostrar una venta, testimoniar un proceso, evidenciar un acuerdo entre partes, ser un canal de comunicación interpersonal, o simplemente dejar huella de nuestro paso por el mundo reflejando nuestros pensamientos, sueños, deseos o nuestro particular mundo onírico con mayor o menor gracia.
El documento reservado para esta ocasión tiene un poquito de todo, incluida una buena dosis de reflexión para que el lector extraiga sus propias conclusiones generando su propia corriente de opinión. Se trata de un documento enmarcado en el género epistolar que, aunque parezca que empieza a traspasar la frontera de lo ficcional, evidencia un hecho trascendental en la vida, al menos, de una de las partes.
La carta escrita por un militar, cuyo nombre reservaré, desde la Prisión militar de Cartagena el 7 de agosto de 1908 se dirige a un vecino de Guara, aunque por cuestiones de herencias y traspasos esos “papelillos de la falsa” guardaban este tesoro, que me gustaría reproducir en su integridad para que conozcan bien todos sus términos y puedan formarse su juicio de valor. Me permitirán que también omita el nombre del destinatario cuya localización, y para preservar su anonimato, delimitaré vagamente entre los términos de Bárcabo y Colungo.
“Muy Señor mío: un asunto de suma importancia me obliga a recurrir a Usted para revelarle un secreto que constituye el porvenir de mi querida y única hija, a la par que aumentará vuestro capital considerablemente. A fin de que pueda ver el asunto bajo su verdadero prisma, le haré una leve reseña de los extremos más importantes.
Disfrutaba el empleo de Coronel al mando de la reserva de Sevilla, por mis ideas políticas me hallaba afiliado al partido Republicano. La Junta Central del mismo me confió la honrosa comisión de parar a esa Región con el propósito de secundar un movimiento revolucionario, por una parte. Al efecto, me incauté de los fondos existentes en la Caja que tenía a mi cargo y acto continuo partí a cumplir mi cometido.
A mi llegada a esa Zona recibí la fatal noticia de que el Gobierno tenía conocimiento de nuestro propósito y del desfalco por mí cometido habiendo dado las órdenes oportunas para mi captura, por lo que precipitadamente caminé a la ventura hasta llegar a las inmediaciones de ese pueblo en donde Usted reside, donde en virtud de mi azarada situación y temeroso de ser hecho prisionero, dispuse sepultar el capital que en mi poder llevaba representando un total de ciento treinta y tres mil duros en oro y billetes del Banco de España.
Al efecto busqué un sitio a propósito, practiqué una conveniente excavación donde coloqué mi maletín forrado de zinc tomando notas y señales del terreno en que quedaba y a un paisano que poco después encontré le pregunté por el nombre de un vecino honrado de esa localidad, el cual tuvo a bien darme el de Usted, lo que anoté en mi cartera de apuntes.
Asegurados mis intereses y del mejor método que me fue posible me dirigí a Sevilla con el fin de separar a mi querida hija del colegio en que se encuentra en dicha Capital para con ella haber emigrado al extranjero; más amigo mío, como la suerte no siempre es compañera del hombre, a mi llegada a la referida capital fui reconocido y delatado por un miserable que poco tiempo antes había servido a mis órdenes. Reducido a prisión y tan luego se identificó mi persona en Consejo de Guerra de Señores Oficiales Generales, fui condenado a la dura pena de 20 años de reclusión militar con destino a la Fortaleza de esta Plaza, en donde si no me tiende su protectora mano, me espera una muerte segura agotando el amargo cáliz de mi vida y dejando a mi pobre hija en el mayor desamparo.
En su virtud dispondré con vuestro aviso mandar a esa a mi querida hija con los antecedentes necesarios para que entre Usted y ella realicen el descubrimiento del capital sepultado, percibiendo usted la tercera parte del mismo y debiendo guardar el mayor secreto con tan delicado asunto. Como la situación por donde atravieso es tan precaria tiene Usted que remitir a mi niña la pequeña suma que necesita para que acompañada por una Señora de mi confianza realicen su viaje a ese vuestro honrado domicilio.
Las autoridades militares de esta Plaza ejercen sobre mí extrema vigilancia y por tal concepto me dirigirá Usted sus cartas al amparo de dos sobres, el interior a mi nombre y bien cerrado, y el exterior en la forma siguiente: Murcia. Señora Doña [nombre]. Calle Real, [nº] . Cartagena. Esta Señora merece mi confianza y me las entregará sin que nadie penetre su contenido que es lo que debo y más conviene.
Quedo en espera de su puntual contestación y que por tal motivo se ofrece de Usted. (saludo y firma).”
Desconozco si tras la lectura de la carta el destinatario haría lo que se le pedía, porque supongo que es inevitable el desconcierto que produce recibir una misiva así. No obstante, la curiosidad de quien hizo llegar hasta el servicio de archivos comarcal este documento hizo que se siguieran las huellas de los nombres citados en la carta hasta hablar con los correspondientes archivos militares y la antigua prisión mencionada. Ningún resultado se halló sobre el supuesto coronel, ni rastro de su expediente, ni de ningún nombre coincidente con el de la señora de Murcia.
Tan sólo una certeza: el nombre del vecino y de la localidad a la que se dirigía la carta. Y por supuesto, la duda no resuelta: ¿cumplieron lo que les pidió el coronel o en algún lugar del monte sigue enterrado el maletín? Preguntado el familiar, una sonrisa se dibuja en su rostro, a continuación, silencio.



