El primigenio colegio Pedro I de Barbastro ha sido demolido. Buscar una solución que posibilitase la supervivencia del edificio era, al parecer, inviable, por cara, por poco operativa, por irrelevante, por su escaso valor arquitectónico, por poco elegante.
Es lo que tienen los anatemas, que siempre necesitan una ristra de adjetivos que los sustenten. El único edificio público que quedaba en Barbastro construido durante el período de la Segunda República Española ha desaparecido y como en la canción de Krahe, será sustituido por un edificio moderno, americano, funcional.
En general todo el mundo cree defender el patrimonio histórico y cultural, aunque la clave está en definir qué es patrimonio histórico y cultural.
Son motivos inequívocos de defensa la Alhambra, la torre Eiffel o Venecia, “no esos edificios viejos que no valen pa nada”, testigos mudos de una época pasada en la que todo era más feo porque aún se producen esa asociación entre sencillez arquitectónica y escasez de bienes.
Habría que empezar a reconocer que existe una inamovible categorización entre los lugares susceptibles de ser defendidos de los que no lo son. Y si a nadie se le ocurre destrozar una iglesia, afortunadamente, no ocurre lo mismo con esos edificios que recuerdan, con su sola presencia y en sinécdoque, una época del pasado que algunos prefieren olvidar y no reconocer. Y es en esa destrucción del pasado dónde emerge el relato, no tanto del momento histórico en el que se decide destruir algo, que también, sino de la inconveniente de preservar aquello que incomoda en su autenticidad.
Es un error pensar que esos actos son consecuencia exclusiva de la falta de sensibilidad, de la desidia o del secular desprecio por la cultura pues son antes renglones de esas nuevas narrativas disfrazadas de modernidad, pero que, en esencia, no valen ni para tiktok.
Al margen de esa historiografía repleta de pseudocronistas a sueldo empeñados en hacer coincidir el franquismo sociológico y el franquismo aspiracional y que por fin ha encontrado su nicho electoral, la Segunda República Española se caracterizó por la creación y construcción de escuelas. Un respeto.
Un gobierno que construye escuelas y no cárceles, pero de cuyo legado arquitectónico ya no queda casi nada y lo poco que queda se desprecia.
El momento, por supuesto, no es lamentarse debajo de la piqueta de demolición, metáfora de esa esa España que entierra tan bien, pero que no valora nunca nada en vida. En ese edifico “se aplicaron parámetros higienistas, que pretendían que los alumnos estuvieran en las mejores condiciones higiénicas, de iluminación, ventilación, techos altos para garantizar un buen volumen de aire por alumno y espacios al aire libre, donde los jóvenes pudieran practicar deportes a la intemperie y les diera el sol, todo encaminado a luchar contra el pauperismo que afectaba a buena parte de la población, sobre todo infantil, que no se desarrollaban convenientemente” (Arcarazo García y Lorén Trasobares, 2021).



