Cuando el historiador López Novoa, detalla con todo lujo de detalles, las fiestas del Pilar del año 1857 y el ceremonial religioso y los festejos civiles en Barbastro, caemos en la cuenta de la gran vinculación existente a lo largo de los siglos entre la capital de Aragón y la ciudad nacida a orillas del Vero. Barbastro, hasta la división de España en provincias, fue “la pequeña Zaragoza” su avanzada hacia Las Galias, y el influjo comercial, cultural y religioso entre las dos ciudades fue muy poderoso.
La creación de la Cofradía del Pilar, hace 165 años, fue consecuencia de la singular devoción a la Virgen, que ya se había manifestado siglos atrás, con la construcción de la Iglesia del Pilar, en el convento de Capuchinos, desaparecido en la desamortización en 1859, y que reaparece afortunadamente pocos años después, en la gran iglesia barroca del Seminario Conciliar.
Es en este Seminario, ubicado en la parte alta del Coso, donde en 1923 comenzará sus estudios eclesiásticos D. Santos Lalueza. Donde, durante años, tendrá la ocasión de celebrar la solemne liturgia de la fiesta del Pilar, sus vísperas cantadas a toda orquesta, sus solemnes Pontificales, bajo aquella cúpula pintada por Bayeu, presidida por la “Santa parentela” y rodeada de una legión de santos regionales y locales.
Los avatares sufridos por el Seminario y por su Iglesia desde 1931 culminarán con su desaparición, en abril de 1936, en cumplimiento de un acta de incautación y de derribo inmediato, por parte del Ayuntamiento de Barbastro. La sede de la cofradía del Pilar se esfumó de la noche a la mañana.
Un año antes, en 1935, había sido ordenado sacerdote en Barbastro D. Santos Lalueza y nombrado capellán del Obispo Nicanor Mutiloa, que enseguida será trasladado a Tarazona, cediendo su sede al beato mártir D Florentino Asensio, obispo de Barbastro, tan sólo, durante cuatro meses y veintitrés días.
Tras los horrores de la contienda, Don Santos, en marzo de 1938, recogerá las cenizas humeantes de esta sede episcopal, donde el terror se había enseñoreado. Y en los meses siguientes intentando paliar la ruina y la malnutrición de los habitantes que permanecieron en el alto Sobrarbe, en la Bolsa de Bielsa.
Cuando los cañones callan, Barbastro reorganiza su sociedad y las comunidades religiosas resurgen. Bajo la administración del obispo de Huesca, recaen sobre D. Santos los cargos de Secretario Canciller, Canónigo, Asesor del Consejo, Fiscal General y Gobernador Eclesiástico. Y a continuación, en 1940 consiliario de la Cofradía del Pilar, que presidida por D. Justo Aixela y como secretario D. Luis Lacau, pronto alcanza la cifra de 300 cofrades.
Alrededor de la Catedral, hay tres espacios muy queridos en los que se focaliza el ingente esfuerzo pastoral de D. Santos.
El primer escenario, La Capilla del Pilar.
Adaptando la antigua capilla de Santiago de la Catedral, mediante un retablo de la Virgen, imitando al de la Santa Capilla del Pilar de Zaragoza, del que guarda mucho de su proporción, armonía y belleza. Allí quedará radicada la Cofradía, cuya priora actual es Pilar Zazurca.
El segundo espacio, el Museo.
Que recogió los bienes artísticos de las parroquias abandonadas, viajando hasta los lugares mas recónditos, muchas veces a pie, haciendo inventarios, planos, fotos y gestionando el traslado de los bienes. Hasta 250 piezas se reunieron en aquel primitivo museo, habilitado sobre la sacristía por la Dirección General de Bellas Artes. Años después, a partir de 1972 la gestión paso al nuevo conservador del Tesoro Artístico D. Manuel Iglesias y a su delegado D. Enrique Calvera.
El tercer espacio, era su despacho, junto a la gran escalera barroca del viejo Palacio. Cuantos esfuerzos desde allí para recuperar la Sede residencial, para lograr la pervivencia y ampliación de la Diócesis. Y publicó monografías como “la Catedral de Barbastro” en 1970. “La Diócesis de Barbastro” en el Gran Diccionario de Historia Eclesiástica en 1972, “Martirio de la Iglesia en Barbastro” en 1989 y el casi un centenar de artículos históricos “Con Aires de Ayer” en El Cruzado Aragonés.
Fue en el Rosario de la Aurora y en su continuidad en el que D. Santos puso todos sus esfuerzos. El rosario del amanecer, heredado de la antigua cofradía de San Bartolomé y el vespertino, casi un calco del Rosario de Cristal zaragozano. Resultaban Inolvidables las llamadas musicales, de madrugada por las calles de Barbastro y después el desfile de fieles con su estandarte, su cruz, sus faroles y campanillas y el canto acompasado de los grupos.
Mientras, la Diócesis, gracias a las gestiones curiales y políticas, crece, con la incorporación de 21 parroquias, de Seo de Urgel y de Lérida y el propio Vaticano reconoce que la transferencia es parcial y pendiente de completar. Don Santos no había tenido reparos en pedir ayuda en Roma a San Josemaría Escrivá, con quien le unía una buena y sincera relación.
A partir de 1992, D. Santos reorganiza las actividades de la Cofradía, abriendo los puestos directivos a las mujeres, renovando estatutos y bajo la presidencia de Pilar Ardanuy dará paso al nuevo consiliario: D. José Mora. D. Santos había culminado, una larga etapa de más de cincuenta años como Consiliario.
Los veinte años que D. Santos presidió el patronato del Cruzado Aragonés, casi coincidieron con los 26 en los que fue profesor en el Instituto de Enseñanza Media de Barbastro. Escribió en su despedida: “Para los chicos, tan estupendos, mi afecto y mis mejores deseos- Al fin y al cabo, otra cosa no hice con ellos. Enseñarles poco, pero quererlos mucho. Los seguiré queriendo y rezando por ellos”
Dotado de una extraordinaria sencillez, D. Santos nunca aceptó las ofertas de Cargos o Dignidades Eclesiásticas que se le proponían. Su puesto estaba en Barbastro, junto a sus fieles y apoyando fielmente a los nueve obispos a los que tuvo el honor de servir.
Falleció un tres de mayo de 1996. Barbastro y su Diócesis, perdieron una enorme persona y un gran valedor.
Su capilla ardiente, volvió a los pies de la Virgen del Pilar, junto a su querido confesonario. Pero en aquel mes de mayo, D. Santos ya se había dejado coger por la Virgen, como una flor en sazón, para adornar la Casa Celestial.





