Hay quien me aconseja ser menos intensa. Escribir de otra manera. Medir las palabras. Atenuar las emociones. Como si sentir profundamente fuese una elección y no una forma de existir. Como si las emociones pudieran regularse con la precisión de un reloj o silenciarse a voluntad cuando resultan incómodas.
Lo curioso es que esas recomendaciones suelen hacerse en nombre de la objetividad, la serenidad o el equilibrio. Virtudes necesarias, sin duda. Pero me pregunto si, en nuestro empeño por domesticar las emociones, no estaremos confundiendo la calma con la indiferencia y la templanza con la anestesia.
Vivimos en una época paradójica. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para conectar y, sin embargo, parece que cada vez nos permitimos sentir menos. Consumimos tragedias mientras desayunamos, asistimos a despedidas sin tiempo para el duelo y contemplamos la belleza a través de una pantalla antes de continuar desplazando el dedo hacia la siguiente imagen. Todo sucede deprisa. Incluso las emociones.
Quizá por eso la intensidad incomoda. Porque obliga a detenerse. Porque quien siente intensamente no atraviesa la vida de puntillas: la vive. Se conmueve. Se indigna. Se maravilla. Y en un mundo que parece premiar la distancia emocional, emocionarse puede llegar a parecer un acto de resistencia.
No siempre es fácil. Sentir mucho también implica exponerse más al dolor, a la pérdida o a la decepción. La intensidad no es únicamente euforia: es vulnerabilidad. Pero también es asombro. Es la capacidad de seguir emocionándose ante un atardecer, una conversación inesperada o el recuerdo de quienes amamos.
Y quizá ahí resida su verdadero valor.
Porque no le temo a sentir demasiado. Le temo a dejar de sentir.
Le temo al día en que nada me conmueva. Al momento en que la belleza deje de sorprenderme, el dolor ajeno me resulte indiferente o las pequeñas cosas pierdan su capacidad de estremecerme. Porque hay emociones que duelen, sí, pero la indiferencia se parece demasiado a una forma silenciosa de ausencia.
Mi intensidad no es un exceso del que deba desprenderme. Es el recordatorio constante de que sigo aquí. De que algo dentro de mí continúa latiendo, respondiendo y habitando el mundo con plenitud.
Porque, al final, quizá la vida no sea otra cosa que la capacidad de seguir conmoviéndonos. Y el día en que nada nos emocione, nada nos duela y nada nos maraville, seguiremos respirando, sí. Pero quién sabe si seguiremos estando verdaderamente vivos.
No esperemos a la despedida. La urgencia de amar mientras la vida sucede



3 comentarios
¡Qué bellas palabras, Gabi!
Eso solo se consigue con un perfil humanístico como el que tú tienes.
¡BRAVO!
Increíble
hay textos que se leen y se olvidan, y otros que se quedan dentro. Este es de los segundos. Como siempre…me emocionas!!