La queja perpetúa nuestro victimismo, nos hace creer que somos víctimas de las circunstancias y que por este motivo no podemos hacer nada para cambiar nuestra situación.
Se nos olvida que en cada instante estamos creando nuestra realidad a través de nuestros pensamientos, emociones, decretos y frecuencia vibratoria y que contamos con una herramienta profundamente transformadora: la aceptación.
Cuando aceptamos la realidad que estamos viviendo (nos guste o no), dejamos de luchar y resistirnos a lo que es, dejando que opere en nuestras vidas una fuerza mayor.
Aceptar y confiar en que todo tiene un para qué nos devuelve las ganas de vivir y de aprender.
Comprender hasta qué punto somos adictos al sufrimiento, nos empuja a emprender el trabajo más importante de nuestra vida: el trabajo con nosotros mismos. Es entonces cuando dejamos el hábito de quejarnos y de culpar al exterior de nuestro malestar y comenzamos a asumir nuestra parte de responsabilidad en lo que de un modo u otro hemos manifestado. Ello nos permite dirigir la mirada a nuestro interior y con amor y autocompasión comenzar a cambiar todo aquello que nos hace sufrir.




