“La radio ha sido para mí un camino lleno de emociones ahora cargado de cierta nostalgia. Forma parte de mi vida desde siempre y me sigue fascinando como el primer día” comenta Manuel Laplana. Y es que por la mañana eran las señales horarias del informativo las que me despertaban para ir al colegio desde la cocina y, por la noche, el rumor de sus voces el que me dormía cuando era adolescente.
Manuel Laplana, mi padre, ha estado siempre vinculado a la radio e, irremediablemente, ha contagiado con su pasión todo y a todos los que le rodeamos. Solo hay que escucharle hablar -con esa cadencia tan radiofónica también- para reconocer en él el poder mágico de las ondas y descubrir el misterio de su técnica.

“Desde que escuché las primeras palabras salidas de ese aparato mágico siendo un niño supe que ya no me separaría jamás de él, como técnico y como oyente. En mi juventud estudié al milímetro su funcionamiento, con muchas dificultades, llenando mi casa de enredosos cables, haciendo bobinas, instalando antenas, haciendo experimentos con radios galena ante la extrañeza de mis amigos y la paciencia de mi entorno. No entendían nada”, explica.
A menudo también cuenta que el primer aparato de radio que cayó en sus manos por casualidad fue como un embrujo. A los 8 años era un reto “abrirle las tripas” y entender cómo trabajaba semejante caja de madera que te acercaba al resto del mundo y dictaba sentencia. Porque la radio era entretenimiento y cercanía pero, sobre todo, era verdad.

Corrían los años 50 y en La Puebla de Castro era impensable poder estudiar y avanzar en la materia. Se ve que mis abuelos lo miraban con recelo pero aceptaron que a los 12 años estudiara por correspondencia: un fascículo que llegaba cada mes y que conserva -y enseña- como un gran tesoro. Tras ello, todo fue rodado ya que la radio fue popularizándose y llegando poco a poco a cada hogar, congregando a familias enteras a su alrededor para escuchar el parte o la radionovela. Aunque sea como decoración, ¿quién no recuerda aquellos Marconis en la estantería de la abuela? Quizá de ahí, de esas memorias familiares y de la necesidad de que no se desvanezcan, surge el éxito de las exposiciones de radio que mi padre va organizando de vez en cuando. Siempre me viene con algo como “Belén, estoy pensando en…” y sus miniaturas de aparatos de radio vuelven a ser el centro de muestras y charlas.
Así fue este otoño en el Vinobar de Barbastro, donde se han exhibido más de 30 modelos de artesanía en pequeño formato, y así fue en 2018 con la gran exposición “La Radio, Un viaje en el tiempo” en la UNED, entre otras ocasiones.

Cabe añadir en este punto que mi padre no es coleccionista de radio, directamente los fabrica imitando los aparatos originales de los años 30 a los 60 pero en tamaño reducido.
¿Y por qué en miniatura?
Aunque pocas veces lo dice, el secreto esconde una razón práctica: no había sitio en casa para tanta afición. “Después de muchos años con la radio como una parte de mi profesión, cuando me jubilé descubrí una forma de seguir vinculado a ella, dedicando muchas horas a investigar la historia de cada modelo, a elegir las maderas, a reciclar circuitos para adaptarlos, a seleccionar los detalles…”, afirma.
Doy fe de las horas encerrado en el taller y de la implicación de todos, con mi madre eligiendo las telas de los altavoces entre retales y yo misma buscando cómo dar forma a los diales. Al final, mucho más allá de cualquier cosa, la radio también es familia para mí. ¡Ah! Y todas funcionan, me pide que recalque.


