El sobre yace ahí abandonado bajo esa camilla vacía, en el pasillo de un hospital público de Barcelona, como si ese expediente no perteneciera a nadie. Al otro lado de la puerta de entrada al quirófano, mi padre, despojado de su historial, se somete a un procedimiento médico. Yo espero ahí en pie pacientemente. Pasillo arriba, pasillo abajo. Sobres y expedientes que llevan nuestro apellido hay más y también cuentan historias, pero de otro tipo. Historias que durante años han sido olvidadas y abandonadas. La España democrática acordó que el silencio era la mejor manera de dejar atrás la dictadura del General Franco y adentrarse en esa vida de libertades de las que ya gozaban nuestros vecinos europeos. Mi abuelo y mi padre, como muchos de su generación, con la libertad perdieron la memoria. Los de mi generación ya casi ni llegamos a eso de tener algo que recordar. Los horrores de nuestros antepasados quedaron enterrados en sobres abandonados en archivos repartidos por toda España. Entre ellos, el de mi bisabuelo, sentenciado a muerte durante la dictadura y todavía sepultado en una fosa común, supuestamente, en el cementerio de Barbastro, cerca de la misma pared donde fue ajusticiado a golpe de bala.
Muchos fueron los que murieron por ser valientes. Por usar su voz en un entorno hostil y autoritario y así luchar por una manera de ser y estar en el mundo donde la vida humana fuera respetada y la libertad de conciencia fuese una posibilidad real para todos y de manera igualitaria. Ahora el occidente libre calla, prefiere existir cómodamente. Para entender lo que implica ir por la vida con el peso y el miedo de aquellos que presenciaron los horrores que vivió mi bisabuelo y los que todos que como él se fueron antes de contarnos sus historias de coraje y terror, tenemos que irnos más lejos. A los países que a occidente le gusta etiquetar como incivilizados o pobres, considerados segundas potencias del orden mundial principalmente por no ser democracias liberales ni tener el estilo de vida occidental. Es precisamente en estos países donde encontramos a una sociedad civil mucho más fuerte y consciente que la nuestra. Pueblos que guardan obligado silencio pero que luchan desde el silencio. Como hicieron nuestros antepasados, antes de la democracia y como debería hacer todo ciudadano libre.
El artista y activista chino Ai Wei Wei publicó recientemente sus memorias, “1000 años de alegrías y penas” (Debate). Desde el exilio en Alemania, relata como su padre no hablaba nunca del pasado porque no merecía la pena correr el riesgo de indagar en lo que había pasado. “Cuando el pueblo chino se plegó de las exigencias del régimen, lo pagó con la muerte de su espíritu y de la capacidad para contar las cosas tal como en verdad ocurrieron”, escribe. Ai se lamenta de que solo se paró a reflexionar profundamente sobre ello cuando él mismo fue detenido en China en 2011 y pasó casi 3 meses retenido en prisión, un lugar que describe como un “agujero negro”. Sumido en esa oscuridad se dio cuenta de que apenas sabía nada sobre el calvario que sufrió su padre. Nunca se interesó por ello, explica, porque el adoctrinamiento político e ideológico de la dictadura China eran tan potentes que los recuerdos “se esfumaron”, dice. “La gente no tardó en perder no solo la voluntad sino también la facultad de recordar”.
En España vivimos en un olvido parecido pero fomentado por las mismas instituciones democráticas que han necesitado casi 40 años desde el fin de la dictadura para sacar adelante una ley de la memoria democrática que aunque sea en el papel, muestre una voluntad de dar voz y de preservar la memoria de las víctimas de la dictadura franquista. Así fue como mi bisabuelo vio su honor restituido. Desde Madrid, llegó a mi casa el sobre que consiguió restaurar su dignidad y devolverle la vida que le habían arrebatado gracias a la Declaración de Reparación y Reconocimiento Personal remitida a favor de mi bisabuelo, mediante una nueva ley aprobada en 2007.
“La memoria es la forma en la que seguimos contándonos a nosotros mismos nuestras historias” decía la célebre escritora canadiense y premio Nobel de Literatura, Alice Munro. Pero ¿qué pasa cuando dejamos de contarnos esas historias? Como la primera generación que creció y se convirtió en persona adulta en democracia, yo no empecé a pensar en qué le había pasado a mi bisabuelo hasta hace unos pocos años. Hablé con mi padre, llamé a mis tíos… Todos tenían recuerdos borrosos. Sin abuelos vivos a los que preguntar, nadé sola y durante meses entre lagunas de información. Pasé horas y horas en internet buscando y revolviendo archivos, rastreando posibles expedientes sobre mi bisabuelo. Desde el papel, conseguí reconstruir su historia y cómo y por qué fue sentenciado a muerte después de la Guerra Civil por el ya victorioso dictador Franco. En mi familia incluso se llegó a olvidar algo tan importante como dónde yacían los restos de mi bisabuelo.
El célebre escritor checoslovaco exiliado en Francia, Milan Kundera, afirmaba de manera implacable que “la lucha del hombre contra el poder, es la lucha de la memoria contra el olvido”. España tenía claro cuál era el peso verdadero de la memoria y por eso ideó una transición democrática basada en el olvido. Décadas más tarde, ya en democracia, las mismas intenciones delatan al poder. Es el caso de la comunidad autónoma de Aragón, dónde Vox y PP han conseguido sacar adelante la aprobación de la derogación de la ley de la memoria democrática, a principios de 2024. Esta decisión inutiliza la esperanza que viajaba en otro sobre, cuando enviamos muestras de sangre de mi padre a un banco de ADN por si algún día conseguíamos finalizar el procedimiento de solicitud de exhumación de la fosa común donde yace mi bisabuelo y finalmente recuperar sus restos.
Muertos sobre muertos. Mi bisabuelo y todas las víctimas del franquismo se fueron a la tumba en silencio. Los que quedamos, somos los únicos que podemos recordarles y sacarles para siempre de esos malditos sobres donde enterraron sus nombres y sus historias, si nos dejan.





1 comentario
Contudente y emotovo. muchas gracias por escribirlo