Las bacterias y los virus son los protagonistas de las grandes plagas que padece la humanidad. La peste negra, la fiebre amarilla, la viruela, el sarampión, la mal llamada “gripe española” de comienzos del siglo XX y el VIH han sido los principales agentes homicidas que se han llevado por delante a millones de seres humanos. Y, actualmente, el COVID-19. Hubo y habrá patógenos que continuarán ocasionando pandemias, pues es algo que va con el ADN del devenir del tiempo y, de momento, es imposible evadirlas en este mundo vulnerable y globalizado al que pertenecemos. Nuestra comarca se ha visto obviamente damnificada, desde su existencia, por todas ellas. Entre las más determinantes destaca la peste negra o bubónica que la asoló durante los siglos XVI y XVII. Este hecho fue agravado por la también coetánea presencia del tifus, denominado en aquel período “tabardillo”.
Si bien esta época representó el resurgir económico de los pueblos del Somontano, con manifestaciones en importantes obras urbanísticas, tales como la catedral y el palacio de los Argensola en Barbastro, la colegiata de Alquézar, las iglesias parroquiales de Peraltilla, Azara, Abiego…, además de plazas públicas y casas consistoriales, sin embargo, el azote de las epidemias, que afectaron cruelmente a los pobladores, motivó que todas las localidades sufrieran un receso y se vieran en la obligación de tomar al respecto medidas drásticas.
Tenemos noticias de que, en los términos municipales de lo que actualmente se conoce como el Somontano, se dictaminó la limpieza de las calles, el saneamiento de las aguas estancadas, el aislamiento de los enfermos, se pusieron multas y castigos a quienes incumplieran las órdenes de las autoridades, se prohibió lavar la ropa en las fuentes comunitarias y, anecdóticamente, a los ya contagiados que irrefutablemente debían abandonar sus casas por motivos extraordinarios, se les obligó a llevar con ellos una caña de “ocho palmos de altura”, para que fueran identificados de inmediato por el resto de los vecinos y así poder guardar las pertinentes distancias de seguridad. La pésima red de alcantarillado y la falta de una higiene digna acrecentaron la crueldad de estos brotes.
Dispongo de unos documentos pertenecientes a los barones de La Laguna, dueños y señores de Estadilla en aquella época, en los que se especifican unas ordenanzas dictadas a sus súbditos, para que los cuatro portales de la muralla permanecieran cerrados con la finalidad de evitar la entrada de nuevos apestados. Así mismo, sabemos que la mayoría de los vecinos acogía a sus animales y rebaños entre las mismas paredes donde residían y, además, los colchones eran mayoritariamente de lana, por lo que allí anidaban con facilidad piojos y pulgas en general, compinches parasitarios de las ratas, que con sus picaduras transmitían otros azotes.
Somos conocedores, igualmente, de que ante los rebrotes de las nuevas pandemias que sufrió nuestra comarca, los más pudientes decidieron abandonar sus casas para alojarse en ermitas y en pleno monte. Habitaron cabañas rurales y, en ocasiones, se instalaron en dependencias provisionales, fabricadas en piel y lona, que levantaron junto a los manantiales y barrancos. Barbastro contaba con algo más de 2000 habitantes en aquellos días y un carmelita de esta ciudad, fray Jerónimo, dejó escrito al respecto: “Están los campos sembrados de chozas y tiendas de campaña…”
Durante muchos años se pensó que estas enfermedades eran un castigo divino por los pecados de los humanos. Así, pues, las terapias más utilizadas para intentar sanar a los apestados se basaron fundamentalmente en rezos, promesas y sacrificios a nivel particular, y en sangrías con lancetas, practicadas desde el punto de vista médico, mediante las que se abrían las úlceras, producto de las dolencias, para posteriormente intentar cicatrizarlas sometiéndolas al calor del fuego; medidas terapéuticas tan sorprendentes como inútiles.
Una vez fallecido el enfermo, los cortejos eran los encargados de marcar los domicilios damnificados con una cruz de color rojo y de asegurarse de que todas sus pertenencias fueran quemadas en fincas dispuestas para tal fin, alejadas de los núcleos con residentes. El lugar donde se producía la muerte era repicado, recubierto y blanqueado con cal viva. En las casas donde hubo más de un fenecido, se llegaron incluso a pavimentar nuevamente los suelos, quedando prohibido durante cuarenta días regresar a esas viviendas.
Otro dato de interés, es que todas las cartas, paquetes y objetos varios que llegaban a los pueblos, antes de su reparto, se lavaban con vinagre y eran tostados al fuego.
Pero una de las consecuencias más significativas, producto de aquellos contagios, fue la desaparición de las tres aldeas que estaban en la margen izquierda del río Cinca, en las cercanías al puente de Las Pilas.
Se trataba de Arias, Crespán y Santa María. Según el erudito foncense Joaquín Moner, estos asentamientos desaparecieron en el año 1519. Los efectos demoledores de estas patologías víricas y bacteriológicas, que producían bubones en el cuerpo, fiebres y temblores y, por ende, la imposibilidad de disponer de mano de obra efectiva, trajeron carestía, hambruna y muerte. Debido a ello, estos villorrios quedaron totalmente abandonados. La premura con la que sus moradores tuvieron que enterrar a sus infectos, queda flagrantemente constatada en los conjuntos funerarios, recientemente descubiertos en nuestro territorio. Se trata de tumbas excavadas con urgencia en la tierra, protegidas con humildes lajas y en las que pueden recogerse huesos humanos recubiertos de cal.
A la conclusión del siglo XVIII el Somontano sobrellevó nuevas epidemias, en este caso relacionadas con las fiebres tercianas o el paludismo. El número de vecinos afectados fue cuantioso, y la mayoría de enfermos permanecieron postrados en sus camas, quedando imposibilitados para el trabajo durante largas temporadas. Se malograron las cosechas, llegaron nuevas plagas y la economía se truncó.
Se ha conservado un escrito, donde se especifica que, para combatir estos infortunios, los pobladores solían preparar unos braseros, en cuyos rescoldos se vertía “lejía verde” para extender sus vapores en las zonas contaminadas con la intención de purificar el ambiente. La ignorancia y la falta de remedios prácticos condujo a nuestros antepasados a la desesperación.
¿Y qué decir de la reciente y mal llamada “gripe española” que, entre los años 1918 y 1920, según los expertos se llevó por delante a unos cuarenta millones de personas en todo el mundo?
Queridos lectores, señala indefectiblemente nuestro rico pasado, que los somontaneses somos combatientes natos para la supervivencia, incluso en situaciones extremas. Seamos por consiguiente positivos, porque en esta ocasión, la del COVID 19, no vamos a ser menos. Se logró superar lo indecible y, ahora, con mejores medios, excelsos profesionales y más conocimientos científicos, a ésta también la estamos venciendo.



