De sobras es conocido que uno de los mayores atributos y atractivos de los pueblos era la tranquilidad. La paz que da dejar la puerta abierta de tu casa mientras saludas a un vecino, o recoges algo de fruta de la huerta que tienes en frente. Salir sin las llaves, sabiendo que a tu vuelta te esperará la comodidad y la seguridad de una puerta abierta al hogar.
Y se esfumó.
Se cambiaron por ello las cerraduras, los barrotes, las cadenas y el miedo. Miedo a que alguien a quien no le pertenece tu hogar decida que es hora de que dejes que sentirte cómodo en tu casa. Alguien a quien no le importa ni lo más mínimo que ahora ya no puedas dormir con las ventanas abiertas y disfrutar de las noches refrescantes de Aragón.
Y qué pena.
Qué lástima que a eso se le sume la falta de recursos de protección. Que se le resten patrullas al campo y quede convertido en un espacio hostil cuando siempre había sido lo contrario.
La ola de robos y violencia que azota al Somontano (que seguramente, se extienda más allá) me da mucha pena y rabia.
Porque yo vine a Huesca a dejar la puerta abierta de mi casa y no a sentir pavor por culpa de los que le están robando el alma a los pueblos.



