“El deseo es un bosque blanco dirigido a dios”
Paseo ingrávida por un mar de cuerpos inventados sobre figuras hiperboloides y todos los peregrinos comemos hamburguesas de Mc donals. La globalización aplasta con sus garras la belleza, aunque en ocasiones la perfección estética sea capaz de unirnos con la esencia, de mostrarnos la naturaleza divina, de convertirnos en dios.
Todos serpentean perdidos en sus propios templos vacíos, hay un hombre que deposita su mirada encendida sobre mí, y por un momento, soy yo, el otro, el que no se cuestiona los principios cristianos, el que folla compulsivamente en bares de carretera mientras tiene una vida acomodada, el que me mira como un cuerpo fungible.
Hordas de visitantes desfilan ajenos siguiendo un trazado establecido, la manada marca el ritmo de las estaciones de consumo turístico. Desvío la mirada en el tiempo y me veo vestida de blanco, rota por dentro, en medio de este bosque, mi respiración se contrae mientras todos mis músculos se agarrotan y acelero el paso solemne hacia el crucero y todo mi mundo comienza a rotar sobre mí misma, como las bailarinas musicales de los joyeros, el movimiento me atrapa formando una elipse, me imprimo velocidad y soy la inercia. La nebulosa consigue desvanecer el flujo continuo del pensamiento.
La novia gira gravitatoriamente buscando un oasis donde detenerse, el agua es un bien escaso y el pasado un buque negro que inmoviliza. Los visitantes se acercan y piensan que aquella mujer rubia forma parte del espectáculo del templo.
La calma se instala dentro, pero el equilibrio queda fuera de mí, paro, hiperventilo y me tiro en el suelo formando con mi cuerpo la cruz de Cristo. Dejo que mi respiración se vaya acompasando y me entrego al acto, un rayo de luz blanco me atraviesa, Dios, la belleza y yo somos uno. El tiempo es un engaño de la mente.




