El origen de la palabra monstruo es mostrar, en el sentido de presentar el orden perverso en el que vivimos
Un ser con dos moños, alto, estrecho, de esqueleto grácil y barba greñuda hasta la cintura huye despavorido de la sombra de un grabado amenazante en Atapuerca. En la antigua Grecia, una esfinge con rostro de mujer, cuerpo de león y alas de ave aterroriza a la ciudad de Tebas, mientras con su mirada, una humana alada con cabellera de serpientes vivas transforma en piedra a todos los incautos que se acercan a ella. Los dragones con barba y garras pueblan Oriente, las zarpas y colmillos de los gigantes de hielo jotun amenazan a los dioses nórdicos, un gigantesco animal marino agita los mares con la furia de una bestia demoníaca y una limpiadora muda de un laboratorio ultrasecreto vive una historia de amor con una criatura anfibia.
Para cada uno de nuestros temores habíamos ideado un monstruo que nos aterraba pero, en realidad, nos explicaba a nosotros mismos.
Los primeros monstruos a los que tuve miedo no fueron los personajes de los cuentos utilizados por la comunidad para amedrentarnos como niños. Estos personajes, lugares y voces, tenían como objetivo final la enseñanza del miedo en la infancia y de una actitud para afrontar la vida adulta. Se trataba no solo de un miedo coercitivo para enseñarnos a comportarnos frente a las rutinas diarias como la alimentación, la limpieza del cuerpo o dormir la siesta, sino un modo de inculcar la obediencia a través del pánico o del terror a lo desconocido.
El Hombre del saco, el Coco, los Fantasmas, el Hombre lobo, la Bruja Piruja, la Oscuridad, la Gitana, el Demonio, la Policía, Drácula, los Vampiros, Tragaldabas, Ratoncito Pérez, el Infierno, el Hombre malo, el Borracho, el Cuarto de las Ratas, el Hombre de la cuchilleta, el Trapero, la Sábana blanca, la voz de Narciso Ibáñez Menta. Seres y sonidos a los que puse cara y cuerpo inspirándome, primero, en las criaturas de los cuentos ilustrados y, luego, en las primeras películas de terror que presencié.
Pero el significado profundo de los monstruos va mucho más allá. Son seres que proceden de sitios distintos al nuestro, que atraviesan nuestro espacio (frontera) de una forma siempre innoble e inesperada, como los contrabandistas, cuyo origen puede ser incluso el subsuelo u otros mundos, y que encarnan, justamente por ser extranjeros, todas las características de la monstruosidad.
El dinosaurio gigante Godzilla, consecuencia de la guerra nuclear, el inmenso gorila King Kong, al que se llevan a Nueva York para exhibirlo, el rumano Drácula que llega a Londres en la Inglaterra victoriana, la vampira Selene que dedica su vida a matar hombres lobo, la Sirenita que quedó varada en una playa vacía, la mirada mortal de la Gorgona Medusa nacida en el lejano Occidente, la barbarie y el fanatismo religioso contra las brujas de Salem, algunos monstruos como Krampus que acompaña a San Nicolás en las Navidades, el cadáver embalsamado de La Momia, Fredy Krugger, el xenomorfo Allien (sinónimo de la palabra “extranjero” en Estados Unidos durante muchos años), el último anfibio surgido del agua, los protagonistas de los álbumes ilustrados Pedro Melenas y La isla, algunas series de videojuegos para las consolas PlayStation, donde engendros inimaginables emergen desde el interior del mar de arena. Todos ellos se nos presentan como criaturas monstruosas.
Estos monstruos son la manifestación extrema de la otredad, del extraño. Lo que aterra de ellos es su capacidad de introducirse de manera plena en nuestras vidas, modificándolas, y perturbando la frontera entre humanos y <<casi humanos>> a través de su discurso. Con ellos entra en crisis la idea de <<singularidad humana>>, se <<emborronan los límites>>, se disuelve las líneas que separan a los seres humanos de la naturaleza y de las máquinas. Estos monstruos surgen al margen del curso de todo lo que se ha formado de manera espontánea en el planeta Tierra, cumplen una función demarcadora entre lo “normal” y lo “desviado”. Trazan el límite de las diferencias consideradas “habituales”. Habitan generalmente en los confines de la geografía conocida y en las islas, y así marcan el umbral entre el mundo civilizado y el desconocido.
Por eso confundimos al inmigrante con el monstruo –es decir, entes que arriban de otro país, de otra galaxia, de otra dimensión–, y porque los extranjeros son pensados y percibidos como deformidades muy peligrosas en las que se hace real la pesadilla del protagonista de la película La invasión de los ladrones de cuerpos cuando grita: “¡Ya están aquí! ¡Los tenemos entre nosotros!”



