Esta es la segunda crónica que hago de la isla de Mallorca, después de un viaje que hice en noviembre con algunos miembros de mi familia. Tal vez, repita cosas que anteriormente me parecieron curiosas y llamaron mi atención, pero, si mal no recuerdo, no hablé, en ningún momento, de ese manto de reflejos turquesas y esmeraldas y esa riqueza y belleza del agua balear gracias a las praderas de posidonia, planta acuática del Mediterráneo. Uno de los amigos que me acompañan en este viaje se refirió a ella, indicando que la pureza de esas aguas se debe a su presencia en el fondo marino.
Navegar con un catamarán por la bahía de Palma de Mallorca en un día soleado permite que uno pueda contemplar desde el mar el impresionante puerto deportivo, la catedral, el palacio real de la Almudaina, el palacio de Marivent y el castillo de Bellver, entre otros lugares destacados de la isla. A esto, debo añadir el relax de un trayecto bajo el sol de la tarde, conectando con la inmensidad del mar mientras navegamos entre sus olas. Y, además, el jolgorio de unos 250 pasajeros que, movidos por la euforia del paseo y tras la degustación de un chocolate caliente con ensaimada, dulce estrella de la repostería mallorquina, nos dispusimos a escuchar canciones interpretadas por un guitarrista y por espontáneos que igual cantaban que bailaban. Esa fue una de las veladas simpáticas en la que me sentí impresionada, una vez más, con las espectaculares playas turquesas de la bahía de Palma.
No podía faltar en una excursión por Mallorca una visita guiada a la catedral, la segunda más grande después de la de Sevilla y una de las más interesantes por los secretos que atesora. Santiago Rusiñol, en el libro que le dedicó a Mallorca en 1912, La isla de la calma, dice, en un capítulo dedicado a este templo en el que el artista recomienda entrar para admirarla en todo su esplendor, “¡Por fuera verás la armadura, pero entra y verás el alma!”. Fue el rey Jaime I quien erigió un gran templo dedicado a Santa María, cumpliendo la promesa realizada tras salvarse de un naufragio en alta mar.
Sorprende las intervenciones de personajes ilustres, como Gaudí. Él se ocupó del traslado del coro, de la eliminación del retablo mayor gótico, la realización del bellísimo baldaquino del altar mayor, la iluminación del espacio a base de ventanales de cristal, y, por último, la elaboración del mobiliario litúrgico. También se puede ver, en una de las capillas que aquí se encuentran, un espectacular mural de Miguel Barceló. Se trata de un mural de cerámica policromada, donde tomó como inspiración el milagro evangélico de los panes y los peces. Hoy en día es otro de los principales atractivos de “la Seu”.
Por seguir con un gran baluarte de la isla, el castillo de Bellver es otra visita obligada. Tiene una imponente ubicación en la cima de una colina y está rodeado por un bosque de pinos. La elección de su nombre no podría haber sido mejor. Es fascinante la vista panorámica desde el castillo, que incluye la Bahía de Palma, y la Tramuntana, la cadena montañosa mallorquina.
Me llamó la atención el enclave en el que la familia real española pasa sus vacaciones. La historia del palacio de Marivent se remonta a 1922, cuando el ingeniero griego Juan de Saridakis llegó con su familia en busca de un refugio ideal y construyó el palacio, con vistas al Mediterráneo, donde vivió hasta su muerte. Los herederos de Saridakis donaron el palacio a la Diputación de Baleares con la condición de que se convirtiera en museo. Sin embargo, la Diputación se saltó esa condición y en 1973 donó ese palacio al entonces príncipe de España, Juan Carlos I.
Puedo afirmar con seguridad, después de unos cuantos viajes a esta isla, que Mallorca tiene un encanto especial que te hace querer volver una y otra vez.
A continuación puedes leer su segunda parte


