Hay personas que ya abandonaron la vida pero su impronta permanece anclada en nuestra memoria. Son aquellas que ya se fueron pero aún permanecen con nosotros. Han podido ser personas familiarmente muy cercanas, pero otras no necesitan de excesivo roce para dejarnos una afortunada herencia, por amistad, cariño, empatía, influencia o simpatía.
La vida sigue siendo un misterio para la mente humana. También lo es la muerte como cierre de la vida. ¿Como fin o tan solo como tránsito? La conciencia humana se resiste a que este final sea definitivo y se consuela contándose mil y una historias a cual de ellas más fantástica, pero que por encima de todo son generadoras de esperanza en los atribulados espíritus de la mayoría de seres humanos.
Este maravilloso sueño de consuelo y esperanza para el alma humana es un fin primordial de todas las creencias religiosas, sean del signo que sean, y como tales han cumplido y siguen cumpliendo una importantísima función social.
La conciencia se resiste a abandonar la vida, por esto hay quien se cuenta la historia de que esta manifestación de la energía psíquica, se va a trasladar en el momento de la definitiva parada cardiaca a otra dimensión, que ahora mismo desconocemos por completo.
Conocemos las narraciones de personas que han estado en coma, muy cerca ya del umbral de la muerte, que han descrito situaciones en las que se observa al cuerpo desde otra habitación, desde otro lado o desde otra dimensión, como si la conciencia dejara de habitarlo y se transformara en una nube desde la cual puede aún divisarse el propio cuerpo yacente ya sin vida con toda la escenografía que en ese instante le acompaña, no se sabe durante cuanto tiempo.
También sabemos por experiencia propia que la presencia de personas que ya marcharon a otras dimensiones desconocidas, haga de esto poco o mucho tiempo, aparece con frecuencia en nuestra vida.
Esa presencia nos acompaña, emociona, estimula e incluso reconforta. Son imágenes y sensaciones: una sonrisa, un aroma peculiar, el tono de una voz, un tierno susurro, la fortaleza de un pensamiento moral, la esperanza en la vida o el abrigo de un abrazo, que nos transportan a momentos y espacios vitales que fueron compartidos con quienes ya se fueron pero que dejaron su huella impregnada en nuestra memoria, por esto podemos afirmar que su energía psíquica, o parte de ella, habita en nosotros formando parte de nuestra vida.
Si aceptamos esta premisa, que puede ser considerada plausible sin dificultad, nadie muere mientras deje una herencia intangible, su memoria, sin necesidad de nombre y apellidos, como se aprestan a grabar algunos en lápidas marmóreas, sino en forma de un legado bondadoso, útil y repleto de amor, que prendido en nuestro corazón transmitimos con nuestros actos a hijos, nietos, amigos, vecinos, alumnos y conocidos, dispersando lo mejor de su memoria en un halo de luz que conecta con el del origen del universo, al que todos tendremos que regresar algún día.



