La figura de los arrieros, trajineros para los de estas tierras, fue tan crucial a lo largo de la historia como escasamente abordada por la historiografía académica. Ha tenido que llegar el catedrático de Nutrición por la Complutense de Madrid, Juan Miguel Rodríguez, enamorado del Pirineo aragonés para poner las cosas en su sitio y regalar un enciclopédico trabajo (de seis tomos, autoeditados) sobre esta profesión que pervivió desde la noche de los tiempos hasta mediados del siglo XX, y que, según su tesis, todavía pervive ya ha derivado hacia los camioneros.
Si los arrieros fueron claves en la economía de subsistencia rural, al transportar las mercancías del llano hacia los valles pirenaicos y a la inversa, hay un enclave del Alto Aragón que por su privilegiada situación fue la capital de este oficio: Naval. Allí se presentó esta obra el 9 de agosto con padrinos de excepción, el musicólogo y etnógrafo Blas Coscollar, y La Ronda de Boltaña, que firma una canción dedicada a este oficio ‘El último arriero’ y además va a jugar un papel destacado en la divulgación de esta obra a través de su página web donde se podrán descargar documentos, fotografías e incluso añadir nuevas historias pues el trabajo “está vivo” y pueden llegar nuevas aportaciones de informantes, explica el autor del magno estudio.
En la obra también han colaborado varios autores como Bizén Fuster, historiador e hijo y sobrino de arrieros navaleses, descendientes de Casa Luquetas de Naval, el etnógrafo Enrique Satué, la experta en alfarería María Isabel Álvaro, profesor de Historia, Juan Carlos Ferré, y el divulgador de caminos y rutas Daniel Vallés.
Todo empezó en los años 80. “Me gustaba mucho ir a la montaña y realizaba cañones por Guara. Una noche la pasé en Alquézar y me encontré con Pedro Felipe, un arriero de Casa Jabonero, que me empezó a contar unas historias de cómo subía por las zonas que a mí me gustaban. En un momento dado me dijo que en Alquézar hubo muchos arrieros pero que donde más hubo fue en Naval, que era la Universidad de este oficio”, explica.
Durante sus vacaciones en el Pirineo, Rodríguez compaginaba su pasión por la naturaleza con la recopilación de historias de arrieros, una tarea impulsada por Julio Gavín, de los Amigos del Serrablo.
Además de recuperar la tradición oral, el profesor Rodríguez ha buscado en los archivos de Barbastro, en el Histórico de Huesca, en el Histórico Nacional, en la Biblioteca Nacional donde ha encontrado documentación prolija sobre esta zona. El trabajo le ha llevado 25 años y está dividido en seis volúmenes. En Naval se presentaron los tres primeros, aunque el resto ya están preparados para imprimirse. El primer volumen ‘Arrieros del Alto Aragón. Una vida en el camino’ aborda la historia de los arrieros hasta el siglo XIX. El segundo ‘El carrusel de la memoria’ recupera la figura de los arrieros que entrevistó. El tercero ‘El tiempo entre herraduras’ está dedicado a las caballerías y las ferias equinas.
El cuarto libro se centra en los mesones y ventas, donde pernoctaban los arrieros y tenían una función sociocultural para transmitir información. Y los dos últimos, que se publicarán a final de año, están dirigidos a los productos con los que comercializaban los arrieros: “Desde los clásicos, la sal, el aceite, el vino, la alfarería, hasta otros menos conocidos como minerales o metales, el pescado, cuestiones que parecen anecdóticas que en su día fueron importantes (las rejas del Escorial están fabricadas con mineral de Bielsa)”.
El autor reivindica el papel jugado a lo largo de la historia por este oficio no sólo para transportar mercancías, sino correspondencia, información, arreglar bodas, … una figura que asimila al oficio de los camioneros: “Cuando la epidemia del covid – 19 más que al virus teníamos miedo a quedarnos desabastecidos. Y los arrieros eran los que procuraban este tipo de cosas. No es que hayan desaparecido, sino que han evolucionado y han cambiado de modos de transportes. Muchos hijos de Naval que iban con sus padres con los machos y los burros a vender por el Pirineo fueron los primeros camioneros que hubo en la localidad. Hicieron una adaptación natural a un mundo que va cambiando”.
Además de en Naval también hubo arrieros en otras localidades del Somontano como Buera, Adahuesca, Colungo o el citado Alquézar. “Iban desde el Cantábrico hasta el Mediterráneo. Eran gente que realizaban recorridos de varios días y tenían que pernoctar, salían y volvían cuando podían. Sobre todo, en invierno, en las épocas de matacías, cuando tenían que llevar pimentón, las especias, … pero también a lo largo del año. No harían grandes fortunas, pero se ganaban bien la vida y se convirtieron en personajes del folclore popular al salir tan de noche como las brujas o los demonios”.
Juan Miguel Rodríguez es autor además de la publicación editada por el Instituto de Estudios Altoaragones ‘La sal y las salinas de Naval. El oro blanco de Somontano’.


