Hace ya unos años, andábamos los monitores del curso provincial oscense de esquí de montaña
reunidos con los colegas de Zaragoza debatiendo e intentando unificar criterios en torno a los guiones y desarrollo de los cursos que patrocinaba la Escuela Aragonesa de Montaña . Entre alguna que otra pequeña disputa, quizá a la hora de comer, nuestro flamante medalla de oro de la Federación en esta cena de la Montaña del año 2012, Julio Benedé, al no conocer mi nombre se dirigió a mí como «el entusiasta».
Aquel apelativo me resultó curioso, tanto que nunca se me olvidó y tras muchos años he llegado a convencerme de que así se nos puede calificar a los que desde hace muchos años, con entusiasmo, hemos dedicado, siempre partiendo del voluntariado, muchas horas, jornadas enteras, a la enseñanza de la más bella disciplina del montañismo: el esquí de montaña.
Creo que los que tuvimos acceso al conocimiento de esta faceta invernal del alpinismo, ya en los años setenta del pasado siglo, nos hemos sentido siempre como privilegiados y quizá por un sincero y generoso impulso de solidaridad hemos intentado mostrar unos paisajes extremos en bellezas aunque también en riesgos, pero que merecen ser dados a conocer, sobretodo a tantos y tantos jóvenes que si excepción nos han escuchado y seguido curso tras curso repitiéndose siempre esa actitud humilde y a la vez agradecida hacia sus monitores. Sí, amigos, la actitud de los jóvenes alumnos ha sido siempre de agradecimiento, siempre instantáneo, al despedirnos en la última jornada de cada curso.
Ese ha sido siempre nuestro mejor reconocimiento y el mejor pago a nuestra tarea, que por tanto renovaba cada año, con los recuerdos de buenos momentos vividos nuestro vivo entusiasmo por proseguir las enseñanzas de unos monitores que basamos quizá más en la experiencia, el riguroso guión de sobras conocido pero que debía seguirse para completar la formación en todos sus detalles, mención expresa a la seguridad.
En estos años han sido muchos y muy buenos amigos los que hemos compartido las frías jornadas de enero sobre la nieve de nuestro Pirineo. Sería lastimoso para mí olvidarme de alguno al recordarlos, por eso citaré a los dos que más cerca he tenido a la hora de actuar y en quienes siempre me he apoyado: Antonio Gros, de Peña Guara, y Ricardo Arnáiz, de Monzón e inseparable amigo y compañero en la montaña.
Por último , un cariñoso beso a mi mujer Mayka y a mis hijas, Sara y Julia, por su comprensión y evidente complicidad en las actividades montañeras de su esposo y padre.
Sean éstas, pues , unas sencillas y sinceras palabras para decir: GRACIAS.





