Ya estábamos en tierras lleidatanas. Novés de Segre nos despedía con un estupendo café en el único bar del pueblo. Así lo habíamos prometido al mozo que nos bajó una barra de pan la tarde anterior, precisamente desde este mismo bar con el que estaba vinculado por motivos de trabajo.
La mañana era radiante, aunque me vais a permitir que os confiese que en ninguna de las etapas (excepto en la primera) de esta Transpirenaica hicimos alardes montañeros tan clásicos como los madrugones. La verdad es que en toda la marcha intentamos tomárnoslo con calma y esto nos hizo pasar un poco más de calor en alguna etapa.
Salimos de Novés de Segre por una carretera sin tránsito que ascendía adentrándose en un tupido bosque. Al cabo de algunos kilómetros, al llegar al caserío de Argestues se acababa el asfalto. Ahora se abría el ambiente a un sol muy luminoso que inundaba aquel espacio alrededor de estas casas de pagès. Los dos a una saludamos a un hombre que acababa de salir de una de estas masías tan bien restauradas. Le dije a Diego que le pidiera a este señor, de aspecto musculado a la vez que delgado, si podía decirnos dónde conseguir agua y, por pedir que no quede, si había alguna manera de conseguir un café. Él , muy correcto, señaló una fuente de hierro fundido con la clásica palanca para bombear, como las de antes. Respecto a lo del café, nos dijo en principio que no , pero en el momento de partir con nuestros recipientes llenos de agua fresca , vovió hasta nosotros y nos pidió que le acompañáramos. Pienso que le debimos caer bien pues nos dijo que nos invitaba a un café con pastas caseras que él mismo había horneado.
Se inició así una amena y divertida conversación.
Él se llamaba Pedro… ¡como no podía ser de otra manera estos últimos días…! Era médico y atleta. Su físico correspondía al de un fondista, aunque afirmó que en la actualidad se dedicaba a la velocidad después de haber corrido toda su vida pruebas de larga distancia. La charla se fue animando con temas sobre el deporte en la etapa madura. Los dos Pedros teníamos casualmente la misma edad y nos reafirmábamos en continuar nuestras actividades hasta siempre, mientras el cuerpo aguante.
Debía de ser endocrinólogo pues nos dio toda una clase sobre el metabolismo de los alimentos y las dietas en el deporte. Diego y yo escuchábamos fascinados a este compañero que, aunque se esforzaba en mostrarse con una sincera humildad, le sonsacamos que había quedado segundo en su especialidad hacía poco en Zaragoza en el campeonato de España de veteranos. Nada menos que en carreras de velocidad. ¡Qué tertulia tan agradable…!
En realidad la masía era una casa de turismo rural que nuestro amigo, que era de Barcelona, había alquilado para pasar unas vacaciones junto a su mujer e hijos, quienes encontraban mucha tranquilidad y muy bellos paisajes en un entorno inmaculado.




