Hace un tiempo, hice un relato novelado referente a un viaje ficticio por la ruta del Transiberiano. Al documentarme acerca del camino al corazón de Rusia por el que este tren pasa, y sobre una serie de hechos de gran interés que habían ocurrido en algunos de estos lugares, no pude por menos que buscar información en torno a los Romanov y, en especial, del último zar ruso, Nicolás II.
Hoy, he centrado la atención en un mes, como el que estamos ahora, marzo, cuando en 1917 este zar tuvo que abdicar por seguir anclado en el Antiguo Régimen como reflejaba el propio título del soberano, “Emperador y Autócrata de Todas las Rusias”. Esto me ha hecho reflexionar y se me ha ocurrido relacionar este hecho con la situación en la Rusia de Vladimir Putin. Podría ser que el régimen actual perdiera el control y aunque hoy no existe una amplia oposición organizada en Rusia como la hubo a principios del siglo XX, la combinación de resistencia a la guerra, el malestar económico y la humillación nacional podrían provocar un descontento que desestabilizara al gobierno. Sólo una cuarta parte de la población rusa es favorable a continuar el esfuerzo bélico. Mi pregunta es, ¿qué le espera a Rusia si el rechazo a la guerra se convierte en una respuesta por parte de sus pobladores?
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