Hace unos años que alcanzó cierta relevancia, por no decir fama, el anuncio publicitario de un juego de mesa (el Sacattergories) en el que, para que el dueño del mismo no se lo llevara y el resto pudieran seguir jugando, aceptaban a regañadientes una definición totalmente disparatada (pulpo como animal de compañía) con la que ganaba la mano o quizás la partida entera.
Gracioso, ¿verdad?
Pues esa es, más o menos, la conclusión que he extraído de la definición de posverdad, una mentira convertida en realidad.
Quizás parezca una afirmación exagerada, pero un vistazo a la sociedad que nos rodea, deseosa y necesitada de etiquetas y relatos que le ayuden a comprender lo que sucede a su alrededor, nos devuelve el caldo de cultivo perfecto para este tipo de definiciones que proporcionan un desahogo mental, más que una explicación coherente, al devenir de los tiempos.
El diccionario Oxford, responsable del ensalzamiento de la palabra, la define como aquellas circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales, es decir, que la verdad no importa, lo que realmente importa es cómo nos la cuenten, las circunstancias de las que nos la quieran rodear y que otros deciden que debemos adoptar como verdad
A partir de aquí, Trump, la paz en Colombia, el Brexit e incluso futbol adquieren un nuevo enfoque, una nueva dimensión basada y explicada a través de este concepto tan difuso pero tan potente desde el punto de vista del marketing. La posverdad.
No se trata de que el nuevo Presidente de los Estados Unidos haya ganado las elecciones, sino de la lectura que se haga de cómo ha llegado hasta allí, destacando los detalles que interesa procesar, como que ha ganado sin el voto de la mayoría del pueblo, dando por hecho que estamos empapados hasta la medula del sistema electoral norteamericano.
La paz en Colombia o el Brexit tienen su posverdad, basada en lo que algunos piensan que se quiere oír, en el relato sesgado e interesado de quienes desprecian la verdad porque saben lo que a la gente les conviene y conocen, aún mejor, lo que a ellos mismos les interesa.
Lo dramático de todo esto es que, poco a poco, vamos deslizándonos por la ladera fáctica de unos hechos que no son ciertos, sino un relato modificado de quienes quieren que escuchemos su versión.
Esto se arregla, como siempre digo, con la educación y formación adecuadas, para que nadie pueda permitirse el lujo de decirnos lo que tenemos que pensar o cómo han, sucedido las cosas y encima que sus mentiras se conviertan en palabra del año
Así no acabaremos, parafraseando a Marx (Groucho) diciendo: esto es lo que ha sucedido, pero como no me gusta, se lo cuento de otra forma.

