Paseando por Reus un sábado por la tarde, me quedé mirando los centenares de bombillas pequeñas y otras decoraciones que en fechas cercanas a la Navidad iluminarán las calles. Para algunos puede tratarse únicamente de adornos que año tras año se ponen y que son parte de una tradición inveterada. Yo, voy más allá de las luces y espero, con ilusión, poder recuperar las costumbres heredadas a través de los recuerdos.
Algunos de ellos hacen referencia a mi infancia en el Pirineo aragonés, donde esas fechas estaban marcadas por el frío, los reencuentros y las celebraciones. Era una época de emociones y un buen momento para potenciar los valores, ya que la unión familiar y expresar buenos deseos a los demás los propiciaban.
Este año, igual que otros años vividos, va a ser difícil encontrar la verdadera esencia de estas fiestas, enmascaradas por la sombra de las guerras y conflictos bélicos que no nos permiten salir de este túnel oscuro en el que nos encontramos. Por una parte, estamos inmersos en un consumo que nos enajena momentáneamente de la realidad. Por otro lado, queremos procesar algo que cuesta hacer y es el sentimiento de dolor y la soledad que produce un escenario marcado por la violencia.
El año pasado, la ciudad de Jersón, en Ucrania, sufrió, en Nochebuena, una oleada de ataques de misiles rusos. Vimos como la guerra no se detuvo, ni siquiera cuando celebramos el nacimiento de Jesús en Belén. Precisamente, esta ciudad ha suspendido este año las fiestas navideñas. Remontándome al año 1914, poco tiempo después de comenzada la guerra, los soldados alemanes y las tropas británicas colocaron árboles iluminados en los parapetos de las trincheras, en varios puntos del frente. Fue la conocida como tregua navideña de la Primera Guerra Mundial. Ojalá estas fechas sirvan para dejar de lado todos los conflictos y confraternizar con el ser humano que se encuentra debajo de los uniformes militares.




